Mostrando entradas con la etiqueta Héctor Ranea. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Héctor Ranea. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Insólitas derivaciones de un hecho intrascendente – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Muy bueno el relato de Jacob Lowenfish relatado por usted! —dijo el profesor Randoval sacando una pipa de brezo de la faltriquera. Pero no la llenó de tabaco ni la encendió porque había abandonado el vicio en 1954—. ¿Ese Jacob Lowenfish es el mismo Jacob Lowenfisch que ahora entretiene a los visitantes de la plaza de Sankt Klaas en Ginebra?
—No —respondió el doctor Gautmanov sin prestarle demasiada atención. Trataba, sin éxito, de resolver el sudoku King de Heriberto Della Paolera, el llamado “japonés irresoluto”.
—Entonces era Saint Martin, en Londres —insistió Randoval—; lo recuerdo perfectamente. Lowenfish estaba lleno hasta acá de gin.
—Ni la una ni la otra —dijo Gautmanov levantando por primera vez la vista en setenta y siete horas—. Ese Lowenfish es el entomólogo checo que recoge escarabajos en la plaza Klamovska de Praga y los vende tostados en un puestito destartalado de Podbelohorska y Klikovky, delante del balcón de la casa de Frantisek Hrubinetsky.
—¡Frantisek Hrubinetsky! ¿Quién lo iba a decir?
—Usted, por lo visto.
—Bueno, fue un tiro al aire. A veces cae una cucaracha, otras un pato. Nunca se sabe...
—Pero me parece que usted sabe más de lo que cuenta, Randoval. ¿No es posible que Jacob Lowenfish sea un bilocador? ¿O incluso un trilocador? Mire al Padre Pío, que aparecía al mismo tiempo en Piazza Navona, el Augarten de Viena y en el Bois de Boulogne.
Randoval se encogió sobre sí mismo, se plegó como una sábana recién centrifugada y estuvo a punto de guardarse en el estante de la ropa de cama, pero se arrepintió a tiempo—. Es que me da no sé qué decirlo. Yo, para tirar un pequeño dato, paseé por un museo extraño en Praga, más extraño aún que uno de lenguas en Viorulia.
—Ya cayó en el lago de las digresiones —comentó Gautmanov mirando el techo pintado por Buonarrotti entre la Sixtina y la cúpula de san Judas, incinerada en la gran fogata de 1789. Pero Randoval hizo caso omiso al comentario de su amigo y socio.
—En ese museo, entre músicas bastante más raras que las del Santoral de Emetrio Dimerio, se muestran los huesos de un Lowenfish que seguramente no es el historiador. También están escritos sus nombres en una baldosa que me hicieron conocer a orillas del arroyo Sampetro, a pocos kilómetros de la casa que usted habita. Si uno enfrenta la baldosa a un espejo esférico, la imagen virtual muestra una mano con el tatuaje Lowenfisch, que parece apócrifo, pero no, ya que tiene una pata de cucaracha que, presumen en el barrio, fuera traída por el mismísimo Gregor Samsa. Lo que no se sabe es si fue el padre o el hijo. Samsa fueron los dos. Así dicen. Y hay algo más. Un rabino Lowenfissh (nótese la diferente grafía en cada caso) que se convirtió, al menos por un tiempo, en sacerdote católico, abogó por no combatir a las cucarachas sin antes someterlas a un interrogatorio literario. En ese barrio, efectivamente, se salvaron muchos literatos, pero no se conoce el número de cucarachas con sabiduría en física y matemáticas que pasaron a ser puré de esperma de cucaracha. Cosas de la vida y la transformación... vea mire.
—Doy fe que usted no miente, Randoval, pero en algo se equivoca. Tengo ante mí las transcripciones de los interrogatorios realizados por Monseñor Lowenfissh a las cucarachas. En ellas (las transcripciones, no las cucarachas) se advierte claramente el carácter herético de los correteos de los blátidos por los zócalos de las viejas mansiones de los cantáridos de Chelyabinsk expulsados en masa de su territorio, en la vertiente oriental de los Urales, por el terremoto de 1931, y emigrados a Buenos Aires gracias a los buenos oficios del príncipe Nikolai Sergueiev Rastrojerovich-Evanolov. Pero nada se dice acerca de que los Samsa eran escarabajos.
—¡Nikolai Sergueiev Rastrojerovich-Evanolov! —exclamó Randoval—. ¡El mismo que le enseñó a un cliente del tío abuelo de un conocido a hacer vodka de granada! El pobre quiso repetir el líquido rojizo pero le estalló la granada y quedó con las dos manos de menos. Ahí es donde entran a tallar las cucarachas del palacio, o los escarabajos, si así lo prefiere. Creo que esta historia la tiene que escribir algún descendiente directo de Lowenfissh o Lowenfisch o Lowenfish...
—Yo creo que esta historia debería ser escrita por nosotros, Randoval. ¿O acaso ignora que yo sé que su abuela pamaterna era Sharfmanovsky y que toda esa rama (florida) de la familia llegó de Bilgoraj, en el voivodato homónimo, el 25 de mayo de 1931? Hagámosle honor a nuestros ancestros; gloria y loor, suponiendo que esa palabra exista y no sea un lamentable cruce de dedos.
—¡No me hable de voivodatos, por favor, que me se aflojan los dientes! En un abrir y cerrar de ojos, en cuanto usted pronunció las mágicas palabras, me encontré en medio de un cuento, mi abuela y yo, de niño, esperando la llegada de un emisario del Gran Khan, y en cambio llegó Pichicho con la noticia de que se habían terminado los maníes pelados y que al cine con los maníes con cáscara no me dejaban entrar. ¡Palomas! pensé... ¿por qué habré esperado el decreto del voivodato para comprar los maníes...? Desde entonces, cada vez que dan tres de Bergman seguidas compro maní, vaya o no al cine. En mi juventud, después de verlas, iba a la Confitería Morgan Kolmogoriov y con dos porrones de Baumgargantuan y el maní me pasaba horas con el libro de Rey Pastor, Pi Calleja y Trejo, de ese modo mezclaba a Bergman y las matemáticas para entender el meollo de la historia de Lowenstein y Lowenfisch y sus alternativas gramaticales...
—Delira usted, Randoval. Las tres de Bergman eran cinco: Sommaren med Monika, Det sjunde inseglet, Såsom i en spegel, Nattvardsgästerna y Jungfrukällan, por lo que los porrones de Baumgargantuan nunca eran menos de cinco y a veces siete porque sé que usted solo bebe un número primo de unidades.
—¿Está seguro de que eran cinco?
—Absolutamente. Recuerdo a la perfección la escena en la que Monika se desnuda delante de la Muerte y le juega una partida de ajedrez mientras el padre de la chica arranca un abedul de cuajo porque su confesor, un luterano atormentado, le acaba de demostrar que Dios se le ha revelado como un perverso perturbado, lo que ha puesto en evidencia la fragilidad espiritual de la especie humana.
—¡Cinco de Bergman al hilo! Eso sí que es toda una proeza Yo no las escuchaba en sueco, o sea que me perdía las tres cuartas partes del contenido, beato tu que sí... pero después de La hora del lobo, Silencio y Persona, en la mente solo me quedaba un poco de lugar para recordar dónde habían quedado los maníes...
—Persona, Persona, Persona. Esa película sí que me dio vuelta la cabeza como un guante. Y a las pruebas me remito: así quedé, hasta el día de hoy. Es decir, no me recuperé nunca. Me extravíe y sigo de laberinto en laberinto.
—A propósito de laberintos —dijo Randoval como regresando de Tau Ceti—: el museo de lenguas de Viorulia era de lo más simpático. No consistía en grabaciones de lenguas así nomás. Eran estatuas parlantes, con DVD primorosos encajados en las axilas de los monumentos (cuando no en otras salvas sean las partes). Pero lo más impresionante eran los siete salones de lenguas, donde el escultor florentino Atanasio Mirandosela copió las lenguas de cuatrocientos parlantes de sendas lenguas. Eran otras épocas: se pensaba que a mayor longitud de lengua correspondían más adjetivos. Lo digo porque coincido en eso de que uno queda dado vuelta con Persona. Yo debí ser extraído de la butaca por unos comandos del Mossad que se disfrazaron de Blue Bell Girls. Conozco uno que se dejó crecer los bigotes en el cine y no podían sacarlo ni con una doble de Jayne Mansfield desnuda... ¿Y sabe qué, Gautmanov?
—¿Qué?
—Creo que voy a llenar la pipa de brezo de tabaco turco, la voy a encender y me la voy a fumar.
—Hace bien. Los gustos hay que dárselos en vida. Mire si no a Kafka y a van Gogh.
—Tiene razón. Gracias por el consejo.

Acerca de los autores:

sábado, 10 de noviembre de 2012

Para qué tengo tus brazos – Héctor Ranea


A decir verdad, me molestan estos brazos, ni siquiera sé si tengo estos brazos. Desde que ella me dijo que tenía que irse, me sobran. Me sobran tanto que quisiera cortarlos. Lo estoy pensando, ahora, más precisamente. Si me corto el brazo izquierdo (con el derecho, es fácil aun para un zurdo) me queda cortarme el derecho, pero ahí me tropiezo con una dificultad. Podría pasar por un lugar que corten brazos, pero no conozco. Es terrible. ¿Para qué quiero los brazos que no podré usar al abrazarte? Es más, el verbo abrazar pierde sentido. Si nos encendíamos al abrazarnos, ¿qué quedaría de nosotros sin el calor? Algo así te pregunté, creo, el día que me dejaste en el andén, mirando las ruedas del tren para cortarme en dos, cosa de la que desistí porque sería doble mi dolor de no tenerte. Decía del diálogo
—¿Qué quedará sin nuestro calor?
—Amor, no sé. Esto es necesario —dijiste—. Nos acostumbraremos, supongo.
—No subas así los hombros. Parece que no te doliera.
—Es cierto, no me duelen los hombros —reíste.
—¿Me dejás en el andén y pensás en tus hombros? ¿Justo ahora que tomarás el primer tren después del 909 me dejás con esa sensación?
—Hace tiempo debimos tomar este tren nosotros dos. Pero algo te lo impidió y nunca lo supe.
—Lo que yo no sabía —le dije— tampoco lo sabrás ahora. ¿Quedará para algo el calor de mis brazos si no te abrazo?
—Eso es lo que nos separa, amor. No nos separa ningún espanto, nos queremos, nos amamos, e igual nos separamos —dijiste.
—¿Pero por qué? —dijeron mis manos, mis brazos, locos de entrar en tanto llanto.
Nadie oyó el desesperado clamor de las extremidades; ni yo, acostumbrado como estoy a escuchar tantas cosas diminutas y, sin embargo, tan aturdido estaba que dejé pasar ese momento y desde entonces ellos quieren separarse de mí.
El tren huyó con ella. Lo miré, como dije, con la perspectiva de un suicida que quisiera ser cortado, pero ni la opción sagital ni la transversa me convencieron; ya, para cuando tomé la decisión, afortunadamente, el primer tren después del 909 se había ido, como siempre, con destino a las nieblas y los paisajes desesperados. Los ideales para nuestro amor: pero ahora ella iba sola. Como un reflejo incorrecto, comencé a correr tras el tren que se perdía, probablemente, en la primera curva. No me dejaron bajar del andén.
Una actitud que rechacé enfáticamente pero ante la decisión de esos señores acepté resignarme a cortarme en dos con otro tren aunque luego reflexioné que no sería lo mismo. Era ese el tren justo y lo había perdido, como hacía tiempo había perdido el otro, pero con ella. Al menos viajamos en otro tren a la isla del paisaje de la neblina y el horizonte desesperado.
¡Caramba, si habremos discutido sobre eso! Y no llevo nada en esta situación. Me dejó, llorando un tren que en este momento no sé si existe.
Quise esperar a que regresaras. Esperé durante días y noches. Calor, escarcha, lluvia, viento norte, lo que pidas yo aguanté mientras esperaba. Iba a las paradas de las putas para tomar notas de sus epítetos y sus propuestas, fui a tomar café al bar de los taxistas para aprenderme todas las calles con sus problemas y desgracias, acústicas mal construidas y baches legendarios, pero nada sirvió para no esperarte. Nada te esperaba, todo quería que estuvieras ahí, ya, en ese instante. Sólo tu ausencia me convenció de que no estabas.
—¿Querés estar conmigo? —tu voz me decía las mil y una cosas que hubiera querido oír, a pesar de ser la del telefonito monstruoso.
—¡Claro! —exclamé casi en un grito.
—Veníte al andén, estoy por tomar el primero que salga después del 909.
—¿El 9-0-9? ¡No llego! Esperame más. ¡Que sea el segundo!
—Espero que llegues —dijiste casi sin escucharme—. Hoy te necesito más que nunca; el tren no espera: no puede esperarte.
Mis brazos se hicieron ruedas de una bicicleta gigante, mis piernas bielas de locomotoras de vapor de volcanes explosivos, me puse en la cabeza un casco de vuelo para llegar en el globo que construían mis ojos mientras crecían con estrépito rompiendo mis lentes y mis pupilas. Crecí hasta ser el globo que me llevaría a tu andén. Yo sabía todo sobre el tren, no lo perdería. Bajo ningún aspecto lo perdería. No podría perder un mero tren con todo el equipo de traslado que tenía. Sólo me faltaba un avión, entonces hice con mis brazos las alas de un avión y volé, juro que volé en el colectivo que me llevaba a la estación de donde salían los trenes que partían después del 909. Y sin embargo, lo perdí. Cuando llegué vi el furgón de cola, sonriendo casi como a sabiendas de hacer una travesura. Decía: “primero después del 9-0-9”. Miré el horario. Habías protestado que la locomotora partiese anticipada pero no pudiste evitarlo. Tu condición de conocedora de la red ferroviaria no impidió que la ciudad me jugara una mala pasada al hacer que el bus se detuviera en un lugar para que compráramos los anteojos que se necesitan para ver a la persona amada, cosa que no hice, porque te veo sin necesidad de ellos. Ahora, aunque me compre uno más que cien, tampoco la veré, porque sé que sos mi persona amada y que nunca más te veré.
—¿Por qué no llegaste? — ahora llamabas desde la tercera estación después del largo silencio del adiós que no pudimos darnos.
—Te llegué a ver, pero partiste antes. Y me morí otro poco.
—No te quiero si mueres.
—No sé qué hacer para vivir. Tengo apego por la vida acompañándote, no puedo seguirte a esa velocidad de tren que tenés.
—¿Te parece que partí antes? No tengo un horario más que para esperarte. Hoy no parto. Vení.
Fui. Llegué antes. Ella aún no me esperaba y leía la espuma en el café, los caminos de los caracoles en las plantas del andén. Las pelusas que brillan en los geranios al Sol le decían cosas, según ella, que yo no me atrevía a creer ni a refutar. Levantó la vista y sonrió cerrando un poco los ojos para hacerme vibrar de alegría. Alegría. Cuando la veía todo era alegría. Alegría en mis brazos y piernas, en toda la longitud de las piernas, desde mi sexo a los dedos, uno por uno, que me los hubiera cortado por besarle una uña y ella se hubiera cortado el pelo para verme llorar en el centro del ojo.
La vi y no dije nada. Ella me vio y no dijo nada. Me mandó un beso frunciendo sus labios. Me amaba. Pero esa vez me dijo que no quería seguir conmigo. Y yo dije que sí, porque nunca pude decirle que no. Y me dijo que me seguía amando, cosa a la que asentí, porque yo amaba a esa mujer con los ojos fruncidos, que me había mandado un beso y que partió días atrás en un tren que se marchó antes aunque ella quiso detenerlo. “Pero el tren está más allá de nuestras voluntades”, creo que dijo. O tal vez lo dejó en un mensaje en mi telefonito.
Sé que tus palabras son siempre las últimas palabras si dicen ser las últimas palabras, por eso tomé a mi vez un tren, creo que el quinto después del 9-0-9, el que llega a la laguna gigante de los pájaros. Allí vi que las garzas seguían volando como antes de que me dijeras de separarnos. Vi que los chajáes tenían que seguir desde lejos a los ñandúes y que los chimangos se comían murciélagos pensando que eran aves, seguramente porque nadie les enseñó que no vuelan por ser aves sino porque comen insectos voladores. Y me quedé todas las horas que hubiera podido estar mirándote y fue entonces que mis brazos comenzaron a cosquillearme y a pedirme que los suelte de mi prisión porque, meditaron correctamente, ella (lo decían por vos) tal vez te olvidó, pero a vos, no a nosotros. No quiere verte a vos, pero sí a nosotros. Así que todo mi cuerpo interpretó, mientras yo veía navegar dos familias de patos, que a quien vos no querías era a mí, no a todos mis órganos. Confieso que quise abordar un bote y perderme en la laguna infinita, porque tenía una tristeza que se parecía a la laguna. No sé cómo explicártelo; sé que no lo lograría. Tendría que traerte hasta acá.
Al atardecer descubrí que había pasado el último tren, que no habría otro hasta el día siguiente y nadie en el pueblo de la laguna me ofreció su certeza de que habría un día siguiente. Así que fui comiendo lo que conseguía a medida que se acercaba el día siguiente.
Y como hubo día siguiente, regresé. Te busqué en el andén. Estabas sola. Tan sola que me diste más amor. Te amé en silencio mientras estabas por ahí amándome en silencio vos también. El tren se retrasó. Nunca se retrasa. Miraste por encima de tu hombro y para atrás. Nos vimos y el Sol no frunció ninguno de tus ojos, porque estaba detrás de vos. Tragué un poco de mis certezas. Tal vez las últimas palabras no son siempre las últimas palabras que uno quiere decir. Ella me mira, me sonríe. Estamos en el andén del tren que se retrasa. Mis labios se ensanchan, mis brazos extienden el abrazo para abrazarte a los tuyos.
Cuando estamos más cerca culpo a los brazos, a mis brazos, pero vos decís
—Mentiroso —con vos dulce— ¡para qué crees que me quedé con tus brazos!
Y ahí recién caí en la cuenta de que sus brazos no eran los de ella sino los míos y que los míos no eran los míos sino los de ella. El primer tren después del 909 partió esta vez a horario y estábamos en él los dos, brazo con brazo, abrazados.

Acerca del autor:

jueves, 18 de octubre de 2012

A un vuelo del puente – Héctor Ranea


—Y dígame, Gumersindo, ¿es cierto que duele cuando le hacen la inspección?
—No le va a contestar —dijo Gutiérrez, el hijo de Gumersindo, sentado en la rodilla zurda del anciano, mirando para el interlocutor, sentado de perfil—. Tiene la garganta en mal estado. Habría que ver qué le metieron por el gaznate —dijo por lo bajo, sin que nadie se lo pregunte.
—¿Qué le metieron? ¿Se lo puede preguntar?
—Me lo dice por telekinesis —contestó el gurrumín.
—¿Será por ventrilocuismo?
—Las ventosidades son por cuenta de él, yo no hice nada —se justificó.
—¿Es el Gumersindo quien habla o es usted? —le pregunté al que parecía muñeco.
—El Gumersindo está endrogado. Me dice que la vida es un blister de Ribotril. ¿Me trae un vaso de agua?
—¿Para usted?
—¿Y para qué quiero tomar Ribotril? No me aqueja nadie / ni nada me acongoja / soy gaucho de pampa ajena / me gusta montar a pelo / ando de marzo a otubre / de diciembre hasta febrero / y los demás meses me muevo / con el sulky o la carreta / a veces me cuelgo el cuero / otras el poncho me abriga / las más me protege el agua / aunque viva entre los yuyos.
En el bar La Pampa Oriental, todos se quedaron en silencio, hasta el guitarrista florido y la alternadora del diente de oro.
—Poema que, conjeturo, es de Gumersindo —dijo el interlocutor.
—¡Qué va a ser de Gumersindo, oiga! Es un analfabeto de tiempos antiguos, de esos que ni la firma se saben. El poema es de Amaranta Peñaloza, la novia que supo ser de mi hermano.
—Habla enrevesado —le dije.
—No se crea. Mi hermano es de los nuestros. Él habla castellano, a pesar de éste —señaló a Gumersindo.
—¿Me va a decir qué le pasó, Gutiérrez?
—Ojalá. Pero no puede hablar, obvio. Le metieron algo en el gañote y le arruinaron la voz.
—¿Y usted? ¿No me dijo que usted iba a decírmelo?
—¡Está imposible, usted! ¿Por qué tengo que decirle qué me pasó?
—A usted no. ¡A él!
—Ya le dije. Le metieron algo. No tengo más datos. Tal vez quisieron sacarle una muestra de la panza de adentro, ¿vio?
—¿Y todo esto por lo de los puentes?
—Entendió todo para el lado de los tomates, Don. Él no hizo los puentes. Lo hicieron los que le dejaron la garganta a la miseria. Y encima le echaron la culpa los ingenieros. Pero él, a los puentes, se los encontró. Lo jura.
—¿Cómo dice que pasó?
—Lo de siempre. Iba con el zaino o el orejudo buscando ovejas guachas después de la tormenta. Se usa el zaino por las dudas, claro. Pero el orejudo...
—Ahorrémonos eso, vamos a lo de los puentes.
—Bueno, pasa que si después no entiende por qué fue con el zaino, no se enoje conmigo. Yo se lo quise decir.
—Dele nomás.
—Encontró un puente en medio de la pampa. Eso.
—¿Lo encontró ya hecho?
—Si lo hubiera hecho él no lo hubiera encontrado. ¿Me toma por tarado? Soy pequeño pero no tan idiota, mire. ¿Me deja hablar? El hombre —se acomodó como quien estriba— se encontró con el puente y un montoncito de pescados muertos abajo. Muertos, me dijo él, pero parece que no tanto. Y miró más para el Sur y vio otro puente, para el Norte había otro. Se paró en la montura del flete y vio que había varios más allá, lejos. Se pegó un susto flor y truco, Don. Imagínese que dos días atrás había pasado buscando un toro prófugo y no había nada. Esas cosas no pasan, ¿se imagina? Lo que le preocupaba, según me dijo, es que los puentes no unían nada, no saltaban un charco. Todo estaba tan seco que empezó a maliciarse algo malo. Yo hubiera hecho lo mismo, en su lugar.
—¿Usted no había ido con él?
—Soy su hijo, no su sombra. ¿Cómo quiere que sepa? Esto sucedió antes, mucho antes.
—Ahora sí que no te entiendo, muñeco.
—¡Más respeto! Y sea más imaginativo, por favor. Tendría que ser obligatorio que un escritor sea imaginativo y no repita cosas de otros. ¡Muñeco! ¿Sabe cuántas veces me lo han dicho?
—Es una manera de decir. No quise ofenderle, discúlpeme.
—Disculpado. Pero si sigue así el cuento nos supera, vea.
—Siga, siga. Por favor.
—El Gumersindo estaba ahí, mirando, cuando vino el que se llamaba Ingeniero Oalgoasí y le recriminó que por qué había hecho esos puentes, que no eran de su autoridad. Él no había ordenado tantos puentes para pasar la pampa.
—¿Y ahí le metieron eso en la garganta?
—No. Los que le metieron la cosa esa son los que hicieron los puentes, parece. Por lo menos, eso es lo que dice él —señaló al Gumersindo—. Lo corrieron después de que el Ingeniero Oalgoasí se fuera a buscar a un juez. Ahí nomás, para que no se le perdieran los animalitos, le hicieron la inspección de garganta, pero para mí que le mandaron un tubo hasta el otro lado ¿me explico? Y él —señaló al Gumersindo— se resintió. No es para menos. Ni siquiera le pidieron permiso. Un atentado, si me permite que le de mi opinión.
—¿Y le dijeron para dónde apuntaban los puentes?
—Cree que sí, pero se lo dijeron en una lengua pampa, parece, aunque él no la conoce. El viejo es un inculto y solo sabe de morderse la lengua o a lo sumo hervir una lengua de vaca para comérsela. Así que los otros se gastaron en dejarle el mensaje pero el Gumersindo, nada.
—¿Quiere decir que hice todo el viaje hasta acá para nada?
—Bueno, hombre, tampoco es la muerte. Lo que se dice nada nada, no. Mire esa mujer cantando un tango —señaló a la que se había callado antes.
—En primer lugar ¿quién le dijo que soy hombre? Me cuidé de no decirle nada. Y en segundo lugar ¿miró en el estómago del Gumersindo? Tal vez para eso le metieron el caño. No van a hacer todo el asunto de enchufárselo así, para hacerlo sufrir. Para mí, que quiere que le diga, se lo dejaron en la tripa —dijo el interlocutor apurado.
—¿Eso dice? Habrá que averiguarlo.
El Gumersindo se puso blanco y empezó a murmullar algo, cada vez más desesperado. Como no podía sacarse al Gutiérrez de la pierna, empezó a corcovear como el orejudo en sus días de potro. Pero por más que hacía no lo lograba. La gente aplaudía al pequeño que soportó al bravío Gumersindo y, llegado el momento, lo abarajaron y alzaron al corcel llevándolo, a pesar de sus sordos gritos, al estaño. El dueño del bar le abrió de un tajo la panza y encontró en la tripa gorda de Gumersindo un mapa detallado de los puentes. Maravillados, todos miraron al interlocutor, pero ya se había hecho repelús. El Gumersindo pataleó un poco, se calmó, lo cosieron y le pusieron la voz de la guitarrista. Por suerte, tomó todo con humor. Lo primero que dijo fue:
—Ahora manden a llamar al Ingeniero Oalgoasí —aunque lo dijo con voz demasiado sensual para ser el Gumersindo, lo importante es que ahora le creerían al gaucho y sabrían todo para qué eran esos puentes.
Cuando llegó el Ingeniero se quedaron todos de una pieza cuando leyó el mensaje como si fuera escrito para él. El hombre, con acento grave y esdrújulo alternadamente, dijo:
—Los puentes están en otro lado, unen los puntos que no son con las rutas que no llevan a parte alguna, o bien el lugar al que llevan es como el río que vadean: hoy están, mañana serán mar. O sea —concluyó el Ingeniero Oalgoasí— son puentes que tienen una misión. Sobrevolar el aire que los sostiene.
Con esta frase, hasta Gutiérrez se quedó sin palabras. Fue el momento exacto que esperaba un tapado acodado al estaño, que se había apeado de un Falcon del 74, rojo con techo de vinilo hecho jirones y se le acercó al Ingeniero.
—Me dice que otean el aire, los puentes, si no entendí mal.
—Básicamente es eso lo que me dijeron —se defendió el Ingeniero.
—Yo tengo para mí que usted nos oculta algo —dijo con gravedad el tapado—. Por lo poco que vi de esos puentes, diría que son para ayudar al vuelo del pato gordo.
Esta vez, al aire del bar no lo cortaba ni el cuchillo del Celedonio, con eso creo decir casi todo.
—¿Me está acusando de ofrecer al pato gordo una pista, diga?
—No lo digo, lo afirmo —dijo el tapado, pateando con fuerza y levantando de la alpargata diestra polvo de cien caminos.
Lloraban los pastizales, lloraron los retratos. Hasta las latas de durazno lloraron. Este sería el último día del Ingeniero. Nadie había osado jamás abrirle caminos al pato gordo. Todos sabían qué desgracias traería al pueblo. ¿Cómo dejarlo entrar? ¿En qué estaría pensando el Ingeniero?
El pueblo entero se hizo presente en el bar, presintiendo que algo grave sucedería en sus paredes.
El Gumersindo chillaba en voz grave, sin poder modular palabra abrumado por los problemas de la cantante. Fue Gutiérrez quien dio la voz de áura:
—Cómanlo —fue su comando lapidario.
Se repartieron los sesos entre los pocos que se animaron a comerlo: los zombis. De lo demás no quedó ni para el recuerdo. Cuando llegó el pato gordo, avivado del tremendo fin de su cómplice, ni hizo la escala en los puentes; siguió volando, que volando se encuentra la verdad. Aunque sea un pueblo chiquito y pobre: “La verdad, no sé si sé”, estación de tren de socrático apellido. Llegó flaco ahí el pato gordo, pero fue bien recibido.

Acerca del autor:

martes, 24 de julio de 2012

El bandoneón – Héctor Ranea


Ergesto Limabue se preparaba para salir al teatro. Esta noche la obra sería “El bandoneón” de Miró Hernando, una dramaturga excepcional que, además, era su amiga sempiterna. Mientras se pulía las uñas, Ergesto miraba que sus zapatos estuvieran decentes e imaginaba qué corbata se pondría al terminar la tarea. En ese momento, sonó el celular con un mensaje de su tía Clovis: “murió Helgio”, decía lacónicamente. Helgio había sido el primer marido de la prima Esías, hija de Clovis y no había muerto de muerte natural o, para decirlo menos amablemente, lo habían matado de dos tiros en la nuca. O para decirlo claramente: lo habían ejecutado los mafiosos. Helgio era conocido en el mundillo de los actores por revender droga de esa que ahora se llama recreativa. Pero algo, además de eso, había hecho mal. O para decirlo directamente: en alguna forma, la cagó. Un mensaje de texto era lo peor para Ergesto, sobre todo en casos como estos. ¿Qué podría contestar? ¿Qué debería escribir? ¿Dónde lo velarían? ¿Tendría que ir? Por otra parte, hablar por teléfono, con el tiempo justo que tenía para llegar al teatro y encontrarse con Miró, era imposible. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. Pensó: “mejor le digo mañana que había apagado el celular”. Después de todo, ése era el riesgo de enviar estos mensajes, confirmó. Dió media vuelta, sin apagar el celu y se dispuso a ponerse la corbata con botellas de Chianti. Craso error. Sonó el celular de nuevo. Mensaje de texto: “mataron a Helgio. Tía Clovis”. Estaba subiendo el tono. Desde que murió mamá Nendia, Clovis se tomó en serio lo de madre sustituta. Pero ya no era niño, ni mucho menos. El mensaje era perentorio; la escalada en el tono revelaba que ella misma estaba más angustiada por algo que no podía decir que por el mensaje que transmitía. Sólo si lograra desprenderse de ella en cinco minutos, le hablaría. Pero no. Apagó el celular, terminó de ajustar el nudo de la corbata y salió de la casa poniéndose el sombrero al tono con el sobretodo. En el auto, recordó el tiempo feliz con Helgio. Habían sido amigos toda la infancia. De hecho, era el único testigo de algunas cosas que sólo él recordaba de su infancia y, de no ser por él, las hubiera considerado pura imaginación retrospectiva. Ahora no podría hacer nada. Se preguntó: “¿por qué habrá Helgio elegido semejante modo de vida?” En el viaje de ida, que le pareció inusualmente largo, tuvo tiempo de revisar un poco esa última pregunta. El auto parecía viajar en subida todo el tiempo, pero eso le dio la oportunidad para descubrir que entre los dos hubo una fisura el día que Ergesto viajó fuera del país, del otro lado del mar. A partir de entonces las noticias sobre Helgio fueron haciéndose más raras, menos claras, mucho más confusas que de costumbre, hasta que llegó la certeza con la del casamiento con Esías. Por supuesto que sabía que él quería a Esías desde niños. Alguna vez llegó a sospechar que su amistad era una fachada para poder estar con ella sin despertar sospechas. “¡Qué largo es el camino al teatro!”, pensó Ergesto. Vió que había equivocado una calle, dio vuelta a la manzana y ya el teatro estaba cerca, miró la hora. Había tiempo. Al volver la vista al camino, se atravesó una persona a la que casi atropella y que lo puteó enojadísima. Trató de disculparse, más menuda sorpresa se llevó al darse cuenta de que el teatro ahora aparecía lejano. Decidió, de todas formas, estacionarse ahí para caminar. En un fugaz instante, la figura de Helgio le obnubiló al hacer las maniobras y estuvo a punto de chocar al auto de atrás, que se había acercado sin que él lo percibiera. Mientras, aunque él no lo viera, el teatro ya se había acercado. De hecho, estaba estacionando frente a él. Se acercó uno de la seguridad: —Míster. Acá no puede, le digo por tercera vez —casi amenazó. —¿No me reconoce, Aza? —contestó jovialmente Ergesto. —Perdón, señor Limabue —se ruborizó Aza—. Lo vi tan flaco... disculpe. —¿Flaco? —dijo Ergesto sin esperar respuesta, pero pensó lo que le había costado ponerse el pantalón. Se lo diría a Miró. —¡Querido Ergie! —dijo Miró casi sin mirarlo o, para decirlo mejor, mirando para otro lado—. Te esperamos hasta que pudimos, pero ya comenzamos. Lo siento. Ergesto miró el reloj. Nada tenía sentido. —Mataron a un pariente. —¡Oh! ¿Era muy querido? —se apiadó Miró y dulcemente le acarició el rostro. —En un tiempo... —comenzó a decir, pero ya Miró estaba hablando con el jefe de máquinas por no sé qué aparato que estaba echando humo como si ya estuviera funcionando. —¡C'est pas possible! ¿Dejá? —se desesperó Miró—. Pas question! Se volvió a Ergesto a quien en ese movimiento se le dio vuelta la cabeza mientras seguía mirando la obra. —¿Señor Limabue? Lo llaman por teléfono —oyó en el fondo de la habitación iluminada a día. Era Aza, que le acercaba su celular. Miró el número: Esías. —¡Hola, Ergesto? —clamó la voz—. Hace horas que trato de ubicarte. Murió mamá. —¿Cómo mamá? ¡Mamá está muerta desde hace cinco años! —¡Mi mamá, pelotudo! —la voz parecía patear desde adentro del aparatito. —Perdón, es que estaba desmayado. Murió después de pasarme la noticia de Helgio. —¿Como Helgio? ¿También murió Helgio? ¡Puta madre! —lloró Esías. —Calmate, Esías. Me llegó un mensaje de tu vieja. Dos mensajes. —¿De cuándo son? —No sé... de esta noche. —Imposible, ¡loco de mierda!. Murió ayer, mi vieja. Ergesto Limabue se quedó mirando cómo las paredes de la habitación se alejaban. Pensó rápido. —Entonces alguien le usa el celular, Esías. —¿Celular? ¡Pará un poco! ¡Si ella no tiene celular! ¿Vos no habrás vuelto a drogarte, hijo de puta! —Nunca me drogué. ¿De qué carajo estás hablando? —¡Vamos, Helgio! —¿Cómo Helgio, qué tomaste? —contestó airado Ergesio. Mientras él hablaba con su prima, Miró entró en la sala, blanca de tan pálida. Se la notaba en un estado mixto. Angustiada por él, pero contenta con el éxito de su obra. —¡Mi querido Ergesio! —se abalanzó sobre él. —¡Por favor, Miró, decíselo a Esías! —dijo él, pasándole el teléfono. —Aló. ¿Esías? Miró te habla. —Miró. Murió mamá. —¡Oh, lo siento tanto, querida! ¿Cuándo fue? —Hace unos minutos. Se fue. Tuvo una crisis. No pudo llamar a nadie. Y eso que usaba bien su celular. Ergesio escuchó todo eso e indignado le gritó —¡Bruja, me acabás de decir todo lo contrario! ¿A qué estás jugando, loca! —¿Qué decís, drogón! Miró no podía creer cómo estaba poniéndose Ergesio. Se había inflado, rojo. Después de haber pasado por una flacura extrema. Mientras los primos seguían discutiendo, reflexionó. Pensó en el jefe de máquinas del teatro y saltó a su celular, lo llamó —Manuel, por favor apaga la máquina del bandoneón. ¡Apágala! —gritó. Pero llegó tarde, Ergesio, convertido en un fideo, desapareció como una sonrisa.

Acerca del autor:

domingo, 22 de julio de 2012

El amor y la araña - Héctor Ranea


Tengo unas pocas obsesiones, nada para preocuparse, creo. No me molestan las arañas, por ejemplo. Es más, dejo que habiten mi casa, siempre que hagan su tarea. Hacen sus telas entre el sillón y las rosas, en los discos que no uso, entre los libros y las plumas de pavo real y en los intersticios de mampostería que nunca faltan. A veces las veo trabajar y me da cierto grado de felicidad, si se puede llamar así. No son las únicas que trabajan, acá. No puede decirse que me deslomo, yo, pero tampoco soy un vago. Limpio mis zapatos con la crema sintética o, si faltare, con el viejo y querido betún que conservo de mis años de Facultad. Y ni hablar de planchar. Plancho todo lo que se me cruce. No tolero las arrugas y las mías, lamentablemente, no puedo hacer nada por sacarlas que, si pudiera, no necesito decirles qué haría. Así que, todos los días, plancho las sábanas, las cortinas, las alfombritas del baño después de ducharme. Eso. También me ducho todos los días y eso me obliga a sacar a las arañas que tejieron su tela entre la ducha y la canilla. No me da pena, pero me parece poco amigable destruirles su trabajo. Un amigo me dijo que no era para tanto, que en la naturaleza ocurre eso o peor. Debo confesar que alguna vez he matado arañas, hormigas, moscas, cucarachas y puse veneno para roedores y otras tareas poco edificantes de mantenimiento del orden de la casa. Porque sin orden, no existe el desarrollo, imagínense la araña tejiendo sin ton ni son, qué clase de objeto o insecto atraparía, sin ir más lejos. ¿Cómo sería un hormiguero en el que no hubiera un orden estricto? En ese sistema he sido criado y a él me someto con rigor, eso sí, sin empañarle su parte honesta, vital. Las arañas no sé si son conscientes de su libertad o si pueden comparar el tratamiento que les doy con el que recibirían en otra casa, con litros y litros de insecticida destinados sólo a eliminarlas de la faz de ese cubil. Pero que lo hagan o no, no me preocupa tanto como el de la existencia de esa araña alfa que todos temen, en el fondo. Una de esas pocas capaces de mantener a raya no sólo a las moscas sino a toda la población de arañas, incluso a los humanos. Dice mi amigo que, en contados pero bien documentados casos, estas arañas aparecen y sólo en casas “spider-friendly”, como la mía, porque en ésas es donde desarrollan cierta idea de comunidad. Eso es lo que me preocupa más, aparte de aprender a planchar de algún modo la cortina plástica del baño. Las arañas alfa a veces mandan sicarios a tratar de asesinarme, como hace tres o cuatro días, con una araña que bien pude confundir con una semilla de kiwi, a la que aplasté con el anular de la mano derecha casi sin pensarlo, ya que estaba posada sobre una página del diario que me costaba leer porque ella se movía. Estuve un par de días con el dedo inmovilizado, ya que el veneno poderosísimo, que evidentemente portaba para eliminarme, había logrado de algún modo meterse en mi dedo. Otra vez, en la comida para el gato, apareció una saltarina amarilla, una especie casi bella, que saltó, con tanta mala suerte para ella, al cristal de mis anteojos (muerden en la esclerótica) y logré neutralizarla con agua (arruiné algo de la comida del gato) y procedí a matarla según los manuales de sabiduría imprescriptible. El haberme enviado una araña tan bella me hizo sospechar que la araña alfa era macho, pero eso, según mi amigo, es imposible. Las arañas macho son esencialmente sociópatas y sólo buscan sexo sin demasiado rigor, sólo impulsados por algunas pocas moléculas de hormonas y mucha osadía. Con eso en mente, decidí que no me preocuparía del sexo de las arañas, que bastante tenía con sacar los pelos del gato de la alacena. El tercer ataque documentado de una araña es el de la viuda negra. ¿Cómo fue? Tocan el timbre. Seis de la tarde, noche cerrada. Hora poco recomendable para arañas. Ella era hermosa. Venía a venderme una suscripción a una revista de jardinería a la que alguna vez había contactado por Internet, más por compulsión que por legítimo deseo, pero ahí estaba esa bella joven ofreciéndome todo a un costo bastante accesible, con un suplemento especial dedicado a lirios, mi locura, literalmente. Y no va que tenía una muestra de rizomas de una variedad que yo no conocía, el “Viuda de la noche” que, según mostraba la foto era de un tono de azul asombrosamente profundo, de alta mar, como los ojos de esa muchacha que me miraba y me hacía que la desnudara con mis pupilas. Y el lirio tenía una pelusa de estambres rojos de ese rojo que suelen tener diferentes tipos de sangre. Un rojo que se perfumaba solo, como el escote de esa señorita que venía con las manos abiertas y palmas arriba a mi encuentro. No esperó ni siquiera que la invitase a pasar: entró como convocada por un postre irresistible y ni bien lo hizo dio una vuelta sobre sí misma, diciendo: —¡Qué hermosura de casa! ¡Y qué perfume! Se nota que usted debe saber tratar a los animales domésticos, porque estos aromas denotan un equilibrio en la energía. —Y, con cierta picardía dibujándosele en sus ojos: —¡Usted es como yo!—. Y siguió dando vueltas, haciéndome girar a mí, ya sin entendederas. De más está decir que no pude contestar sino con balbuceos y cerré la puerta, aparentemente ya tarde, porque los sicarios habían entrado. La señorita se quedó a tomar un té que ofrecí sin saber cómo decirle que se fuera, aunque con mis ojos estoy seguro de haberle dicho cientos de veces cómo la amaba. Y después, como quien no quiere la cosa, la invité a quedarse a cenar; pediría que nos enviasen comida de un restaurante que unos chinos habían inaugurado cerca, a lo que accedió. ¡Y sabía usar los palitos para comer! (Eso sí, al modo vietnamita). Reconoció que no había arrugas y vio, estoy seguro de eso, las telas de dos o tres arañas, ya que una cuarta hube de romperla para cederle un lugar en la mesa que no tenía ocupante desde que se fuera mi última esposa, que en paz descanse. Abrí una botella de vino blanco. Me gusta el Torrontés, claro. Comimos charlando de jardinería y arañas. Después, ella me pidió pasar al baño y debe haber sido ahí que me atacó su pupila: una ágil zancuda de bastante desarrollo abdominal, con unos pocos pelos verdes. Cuando Dafne (así se llamaba) salió del baño, seguramente creyó que me encontraría en coma, porque salió desnuda diciendo: —¡Espero que hayas cumplido tu tarea!,— pero, en cuanto me vio y a pesar de que aún faltaba comer el postre, cambió su actitud e improvisó esas palabras que llevan a la perdición a cualquier tipo, medio obsesivo como yo, o no: —¡No puedo más, llévame a tu cama! Ni qué decir que lo hice porque el ataque de la zancuda, en realidad, me pasó inadvertido ya que la estólida o corta de vista se arrojó al vaso de vino, muriendo casi instantáneamente. Lo recuerdo bien, porque tiré el contenido y me serví más, justo antes de la aparición de esa mujer tan hermosa y desnuda que me secó, literalmente, toda capacidad de pensar, me eliminó los neurotransmisores y me entregué a ella, creyéndome su historia de desesperación por privación de sexo durante muchos meses. Una mujer como ella, me dije luego, con cierta capacidad mental recuperada, no se hubiera metido con un tipo como yo si no formara parte de un plan superior. Y lo cierto es que tenía razón. No sé qué habrá pensado de mí, en tanto capacidad sexual y desenvolvimiento amatorio. Nunca me comparé con nadie. En el gimnasio o la pileta nunca me quedaba a mirar a mis congéneres ni nunca tuve otro amigo que el mencionado, con quien nunca hablamos de sexo por elección ya que su pulsión sexual era diferente a la mía, así que no podría compararme yo con nadie, aunque pienso que ella sería más experimentada que yo, mas lo cierto es que una cosa me llamó la atención y fue cómo, en diferentes oportunidades, sentí durante el acto (o los actos, si se extiende esa noche a las siguientes en las que se produjeron hechos similares) como si me tratara de abrazar con más de dos piernas y dos brazos, como si intentase devorarme, no sólo besarme o morderme, si bien durante esas semanas fue inútil tratar de hilvanar pensamientos: yo era una araña borracha. Es más, dejé de planchar cortinas y alfombritas. Fui dos veces con los botines sin brillar. Algunos compañeros de trabajo notaron el fallo en mi vestidura y no faltaron las cargadas, las risas. Estaba en boca de todos en la gran tienda. Un vendedor que no podía ver el nudo de la corbata en la capellada del botín era como una araña blanca flotando en un vaso de Merlot. Sacando esto, la relación con Dafne fue bellísima y sólo después tuve poder de racionalizar los diferentes ataques que había sufrido. En efecto, después de hallar la araña ahogada en Torrontés, había encontrado en la almohada de ella una de esas que yo llamo Brillosa puntuada, porque son negras brillantes casi como si fueran lustradas con betún, hechas de una queratina esmaltada a fuego y con dos manchas blancas en la parte trasera del abdomen que parecían ojos brillantes en la negrura del fondo de un lago. Cuando la vi, la aparté con un manotón enérgico pero nada violento; sin embargo, la araña se resistió y me atacó la mano. Gracias a mis reflejos, su salto la llevó a caer en un hornillo con ceras calientes que Dafne había querido para su sesión de aromaterapia. Ahí pataleó unos segundos y no pude hacer nada por ella. El siguiente ataque fue una especie de Tarántula, pero más pequeña, a las que siempre les acerco moscas que cazo, de modo que las trato bien y me caen simpáticas. Pero ésta me tiró un tarascón avieso que pegó en una de mis uñas, sin consecuencias, salvo la percusión, que la sentí durante todo el día. Ella se aturdió más, evidentemente, porque salió haciendo mutis por un zócalo. Dafne me observó cuando me tocaba el dedo golpeado y me lo pidió para mordérmelo. Ése fue un lindo comienzo para un coito profundamente amoroso. Si me lo pidieran, hubiera jurado que esos días ella me amaba. Yo también, claro, hasta el más allá la amaba, si hubiera podido. Cuando se fue, se llevó el catálogo de lirios, creo que equivocadamente, porque me tocaba a mí. Planté esos rizomas entre el segundo y el tercer ataque, para octubre comenzaron a florecer y ahí me di cuenta de todo: hasta mi amigo, que vino a visitarme después de bastante tiempo me dijo: —Si es cierto que tenía los ojos como esos pétalos, ¡hasta yo me hubiera enamorado de esa mujer, hombre! En efecto, esos lirios, que llamo Dafne de la noche, tienen todas las características que menciona el catálogo pero, además, los pétalos laterales, justo cerca de donde tienen los estambres rojo sangre, tienen dibujados los ojos de Dafne de modo que mis arañas, el gato y yo, entre octubre y el comienzo de noviembre estamos como perdidos de angustia. Las arañas pierden orientación, mi gato el sentido común y yo, para qué les voy a contar, ni las sábanas he vuelto a planchar.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

Los faros hermanos - Héctor Ranea


Tres soldados conscriptos hacen guardia en el faro de Cabo Vírgenes. Vigilan que funcione, ponen en hora los relojes. Gervasio, además, marca las mareas por cuenta suya. El gauchito Villa es correntino, tiene una novia en Río Gallegos, es de Mar del Plata. Fernando es cabo. Él dice que viene del Sur, pero ya no hay más Sur que ése, a menos que sea chileno. Claro. Viene de Tohuil, Tierra del Fuego. Está castigado y tiene que llevar la bitácora, porque el Jeep que llega de Güer Aike con las provisiones, las deja contra entrega del cuaderno y el lápiz.
Los tres soldados, cuando se quedan sin trabajo, que es casi siempre, miran el faro de Punta Dungeness y la guarnición que allí mantienen los chilenos. A veces los invitan a comer un asadito, otras veces ellos los invitan pero para matear.
El viento no se sabe de dónde llega. El medidor dirá del Sur, pero en la superficie un desprevenido diría que llega de cualquier lado. No se ven los vientos, diría Gervasio. Es cierto, porque la playa es de cantos rodados. El viento no levanta cantos rodados.
Y está, claro, el mar. Gigante, negro grisáceo, azul como las plumas negras de las gaviotas caceroleras. Lleno de olas, no ondulado. Las olas llegan de cualquier lado, como el viento, y en el arrastre de los cantos rodados, en eso coinciden los chilenos, suenan a monedas de oro arrastradas dentro de bolsas de cota de malla.
Aparte de los chilenos está el hombre del puma. Le dicen Chul porque así dice llamarse. Habla poco y en una lengua resbaladiza. Fernando cree que es alemán porque se crió en Villa Belgrano y ahí está lleno de alemanes, dice convencido porque nadie le cree.
De los chilenos, Karrill es el más amable y el que mejor prepara el asadito. Sabe, y le enseñó a Gervasio, cómo encontrar los mejores mejillones. Cuando hacen el curanto en olla, los argentinos casi corren hacia el puesto, a menos que vean las banderitas en los autos y descubran que están los oficiales almorzando.
Chul dice que nunca tuvo un puma, pero el gauchito Villa asegura que su choza está hecha de dos tercios de tela encerada y un tercio con piel de puma. Xul, claro, busca oro. Él dice que el oro de los náufragos del Sancti Spiritu, un navío español que zarpó, dice él, de Puerto Hambre en mayo de 1665 y pretendían llegar a las colonias de Santa Cruz pero nunca llegó. Traía oro de la Capitanía de Valdivia que nunca llegó a ningún lado. Villa, como hombre de mar, decía que tal vez el Capitán del SS se las tomó para África o para la Australia. Pero Chul decía que había que estar loco, que al cruzar el estrecho se había abierto una vía con los conchales de la zona y no pudo navegar. Que seguro que el capitán murió y entonces nadie sabía leer las cartas o en las cartas no tendría cómo indicar el camino por tierra.
Chul había recorrido hasta Potrok Aike, muchas leguas al Norte. Y si bien encontró telas antiguas, sogas de esparto quemado y algunas evidencias de que caminaron en dirección al territorio, no podía decir que no hubieran vuelto. Ciertamente, algunos huesos de chulengos quemados, conchas de cholgas y quemaderos de leña, avisaban que algo terrible había sucedido ahí. Pero nada se podía concluir con el tema del oro.
Los chilenos eran menos ilusos. No creían en el oro y mucho menos que el Chul estuviera en su sano juicio. Por suerte tenían pisco y guitarras y, a veces, los mates argentinos. Todo estaba bien hasta que llegaban las banderitas. Ahí empezaba de nuevo la moserga del enemigo argentino o del vil chileno o de los extranjeros que quieren que nuestra bandera sea un trapo rojo. Los soldados reían. En eso tenían algo en común las banderitas, decían siempre que había banderas rojas acechando, y de los dos lados.
Así que Gervasio hablaba con Chul, Karrill también lo invitaba al alemán a comer cuando tenían con qué y Fernando trataba de escribir la bitácora con el lápiz poco apretado, para poder seguir sus cuentos en el cuaderno que le robó en Gallegos cuando lo trasladaban para el Cabo. Así no sospechaban en el regimiento que usaba el lápiz para otra cosa.
Llevaba escrito el cuaderno casi completo cuando empezó a ponerse jodida la cosa. Los banderitas venían demasiado seguido, pedían demasiadas cosas, apenas si tomaban un mate y miraban con largavistas al otro faro. Los hicieron tender un alambrado de siete hilos con alambre de púa por varios kilómetros, siguiendo por la costa el pretendido límite, continuando por él hasta pasar la barda, y luego meterse a campo traviesa hasta alcanzar el camino de acceso, donde vinieron con un camión a poner un guardaganado especial.
Se suponía que en todo ese perímetro, si veían evolucionar al enemigo, lo tenían que informar, abrir fuego y mantener la posición. Naturalmente, esto vino acompañado de la construcción de un galpón y la llegada de siete soldados más y un oficial. Ahí se pudrió todo.
El alemán se alejó, aunque a veces se veía su silueta por la barda, cazando piche o mara con su escopeta del siglo de ñaupa.
Se terminaron los asados.
El oficial dormía en un catre con matras. El resto en camastros. Los tres del faro siguieron su rutina en lo posible.
Una tarde de mayo, Gervasio se quedó dormido y al levantarse salió corriendo para no perder la costa de la bajamar, pero al pasar delante del oficial Gurruchuga no lo saludó. Al volver de la costa, Gurruchuga lo estaba esperando con dos de los soldados recién llegados. Le abrió ahí nomás una corte marcial y lo condenó a 24 horas de estaca pampa. Lo ataron con lonjas húmedas a cuatro estacas que estaban ya clavadas en el piso, esperándolo, le pusieron una capa engrasada y ahí estuvo, sobre los cantos rodados, con el abrigo que había salido.
Para la noche, el soldado que lo custodiaba tenía congelado el meñique de la mano izquierda, Gervasio estaba muerto.
Fernando y el gauchito se juramentaron matar al oficial, pero tenían que hacerlo de modo tal que no se les vinieran todos en contra. La pensaron bien. Lo llevaron al Gurruchuga a recolectar cholgas e hicieron que se metiera por las grietas profundas del lecho y como quien no quiere la cosa se fueron hacia la costa cuando la marea comenzó a subir. El oficial se enganchó la pierna en una grieta al tratar de correr ante los gritos de alarma de los conscriptos y el mar lo tapó. Justicia poética, porque si ellos sabían eso del mar fue por Gervasio, muerto de frío.
Pero la cosa no terminó ahí, porque el cabo tuvo que reportar la muerte del oficial, que en el cuartel de Gallegos interpretaron, por esas cosas de la radio en malas condiciones, que había sido culpa de una maniobra chilena (las cholgas chilenas tiene la culpa, parece, convenientemente deformada por la radio) y enviaron un avión que descargó unas bombas en el puesto enemigo. Claramente, al zarpar el avión de Gallegos, en Punta Arenas detectaron movimiento y enviaron sus aviones a reacción, que llegaron unos minutos después del desastre que provocó el Morane Sournier en la zona y sus aviones completaron la faena destruyendo el faro argentino.
Punta Dungeness y Cabo Vírgenes quedaron a ciegas, sin faros y sin guarnición ni galpón. Dos muertos, uno por bando y las radios destruidas, sin antenas, sin energía. Lo bueno fue que el alambrado desapareció y pudo volver el alemán.
Karrill no era el muerto así que pudo cocinar algo de curanto en olla con las cosas del lugar. Después cazarían un cordero, merino para más datos, y con eso tiraron un tiempo interesante. Mientras, todos miraban de noche, enmarcados en los fuegos de venteo de gas de Cerro Redondo, los bombardeos a las ciudades argentinas y chilenas que estaban cerca, a las estancias con depósitos de combustible y otras cuestiones que desde ahí no se entendía. Parecía que la muerte de Gurruchuga había provocado la guerra, pero en realidad la guerra ya estaba desde antes, sólo que a los soldados no se los había informado.
Mejor así, distendidos, tomando lo que quedaba de mate, los argentinos invitaban a los chilenos a matear y los chilenos a las comilonas. Entre todos reconstruyeron parte de los faros. Para cuando desenterraron los equipos de radio y pudieron poner en marcha los equipos electrógenos, ya nadie les respondía, ni Gallegos a los argentinos, ni Punta Arenas a los chilenos.
Chul encontró oro. En la zona de los huesos de los hambreados aparecieron unos cuantos cadáveres de marinos, algunos chilenos, algunos argentinos y hasta un inglés. Algunos tenían dientes de oro.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

La maraca en la muñeca - Héctor Ranea


—¿Me parece a mí o la nena tiene un sonajero colgado de una muñeca? —dijo el pardo Tenobrio mirando para afuera del boliche.
—No, Don —le dice el gallego Seminunte con aire de dueño del bar, que al final lo era —es una maraca. Tiene colgada la maraca para sonar en el corso…
—¡Más maraca será tu abuela, ésa es la sobrina de Dora, no es un hombre disfrazado, che! ¡No jodas!
Un silencio sepulcral cubrió, llenó, inundó el Bar Tridente. Los parroquianos se ponían nervioso cuando el pardo se encabritaba y parece que verla a la sobrina de Dora lo ponía en ese temible estado. El joven Zanabria, de los dueños del campo La Flor Gastada, preguntó a su compañero de mus
—¿Siempre se pone así o es que hoy le cayó fuerte la caña? Me parece que se confundió.
—¡Sh! —chistó Antonioni, el tano de la fábrica de estufas, a la sazón compañero del joven—. No hay que hablar mucho. Se pone como una fiera salvaje cuando ve esta juventud desperdiciando su tiempo. Siempre cuenta que de joven nunca tuvo para andar paveando por ahí y que ahora que tiene un poco de tiempo y moneda para la caña, le vienen con esta juventud perdida. Es una historia larga y triste, pero mejor se la cuento en otro lado.
—¡Perdónenme si me entrometo! —gritó el pardo—. Pero acá nadie me enmienda la plana, ¿entendido? Bastante tengo con ver esta gente preparándose para ir de juerga para que encima hablen de mí a la espalda —tiró dardos para el lado del tano con los ojos inyectados en alcohol y lágrimas—. Me tendrán que disculpar si grito y lloro. Es que en mis tiempos… ¡Y éste encima —señaló al gallego— me le dice maraca a la nena!
Nadie, ni el gallego, osó contradecirlo. Se decía que el último en hacerlo había corrido peor suerte que un ñandú petiso en estampida de caballos.
—¡Ni piense eso! —gritó Tenobrio al autor—. ¿Quién vio un ñandú petiso en medio de una estampida de caballos? ¡¿Será posible que hoy los autores no sepan nada del campo?¡ Hablan de caballos y no deben haber visto ni uno de verdad. Y si lo vieron fue por la televisión.
—Perdóneme —dijo el autor, a metros de él, acodado en el estaño —sé más de campo que usted, si me permite. Soy de la pampa del Río Salado Casiseco, partido de Octubre, en la región de Asamblea, pueblo pampero si los hay. ¡Si habré visto avestruces, que allá los llamamos así! Ustedes los de la pampa serrana se creen los únicos que saben portar cuchillo.
—¡Ahijuna! —gritó la novia del cuete Velásquez, a la sazón comiendo un chorizo empanado del apetito que le abrió la boda de la amiga del alma, la morocha Clave, de los Clave del barrio de Reconquista— ¡Si ahora se desgracia el Tenobrio, vamos a tener para hablar todo el verano, chamigo (porque era correntina la moza). Eso sí, va a dejar sangre hasta dentro de las empanadas. Mejor váiganse para afuera.
Los hombres del bar la miraron con bastante falta de respeto. No les gustaba que las mujeres metieran el pico en asuntos de su exclusiva incumbencia. Pero por otro lado rogaban que no tuvieran que lamentar víctimas de que la sobrina de Dora usara las maracas en las muñecas para imitar a la Clovilda Marengo, la actriz brasileña del momento que había venido con la Escola do Samba “Os mineiros do Avril” y había dejado el tendal de hombres enamorados de sus caderas, de sus hombros, de sus mejillas, de sus ojos y, por qué no, de sus tetas; aunque también dejara el tendal de hombres con eso que el tano llamaría “lo scolo” que se curaba con unas dosis de antibióticos que el Doctor Marguette daba a los poseedores de tal vergüenza en secreto en el bar de Antonio, el más chico de los Álvear Pálas. Bar oscuro aún de noche, no como el del gallego que abría a las seis para que los paisanos se tomaran su ginebra bien temprano y no extrañaran más a la caballada que antes ataban en el aro de fierro del cordón de la vereda. En resumen, la sobrina de la Dora, Eduviges se llamaba aunque le decían para más datos comprometedores, la Edu, usaba las maracas en las muñecas, lo que no se sabía era si era portadora o no de la blenorragia, para decirlo en criollo.
Mientras, el duelo de ojos continuaba entre el autor de este cuento y el pardo Tenobrio que, no hay por qué tener empacho en comentarlo, era ceceoso, como muchos paisanos de la zona, pero no lo ocultaba evitando palabras con ce o con zeta o con ese, que quedan pocas, sino que miraba tan fijo como carancho hambriento y al que insinuaba una sonrisa lo amenazaba a punta de faca y sanseacabó.
El autor contaba que en Asamblea tenían bar de fondo y bar de matadero. En el último se producían peleas de mozos de a caballo hasta por un par de chorizos mal cortados. Pero se lo contaba al galés Jones, que estaba a su derecha, mientras que el pardo estaba a su izquierda. Entonces le tuvo que dar la espalda al chinchudo, que aprovechó para reírse
—¡Veanló, tan autorcito que se cree, huyendo la vista de un jubilado indefenso! Le podría apoyar los ojos en la nuca y lo dejo sin piernas, lo dejo. ¡Cómo me río yo de esos supuestos taitas que me amenazan y después se arrugan como par de medias sin elástico!
Para esto, la mujer del gallego Seminunte se aproximó al estaño con evidente aire de mandona, para parar la pelea de miradas.
—Mire don Endimión (era la única que se atrevía a llamarlo así, cuando en realidad se llamaba José) usted la vendrá de compadrito, y no dudo que lo sea, lo único que le pido es que no lo mate a este hombre —y señaló al autor— porque es mi amante. Además, me mancha el piso, tiene sangre bastante verde.
No se puede explicar el aire de sorpresa que invadió, llenó, colmó toda la medida del bar. Fue insostenible la angustia del gallego, que veía a su mujer rogar por la vida de un hombre que no era él, pero no con argumentos humanitarios genéricos sino con evidente connotación venérea.
Hasta el pardo Tenobrio tragó saliva haciendo más ruido que un gaznate de pollo partido al medio por la abuela Menesunda. ¡La pucha que era un delirio las cosas que le pasaron a cada uno por el melón:
Al joven Zanabria le pasó una fugaz desnudez de la mujer de Seminunte, que entrevió con sus amigos una noche de circo de los hermanos Melles, cuando la vio con el domador de perros caniches.
Al gallego Seminunte le pasó una carta breve que comenzaba: al autor de mis preferencias, que ella no le dejó seguir leyendo.
A Eduviges, que justo había entrado para recoger a Tenobrio, le pasó una sonrisa extraña que desde un tiempo a esta parte cubría el rostro de la mujer de Seminunte.
Al galés Jones le pasó una entrepierna vastísima en una noche de luna, dueña de la misma (la entrepierna, claro) esa misma mujer que ahora rogaba por la vida del autor del cuento.
Al tano le pasó por la mente una tarde en la peluquería de Sanata, cuando entró la mujer de Seminunte y le dijo algo al oído al ayudante de peluquería y salieron juntos.
A la novia del cuete Velásquez se le escapó un chiflido pero no por los labios.
Y perdón si hay olvido de otro personaje, pero al autor no le pasó más nada por la cabeza. Pagó en silencio seis cañas de durazno, dos ginebras, un café diluido, los tres vasitos de anís para los del trío “El portal”, un poco de maní, el alquiler de un mazo de naipes para el truco y otro para una partidita rápida de mus, un kilo de papas, dos de cebolla y tres tomates. Faltaba un poco de carnaza y se haría un guisito con las alverjas de la tía. Esa noche la veía venir fría, la cerveza la compraría en otro lado, claro está.

Acerca del autor:
Héctor Ranea