jueves, 18 de octubre de 2012

A un vuelo del puente – Héctor Ranea


—Y dígame, Gumersindo, ¿es cierto que duele cuando le hacen la inspección?
—No le va a contestar —dijo Gutiérrez, el hijo de Gumersindo, sentado en la rodilla zurda del anciano, mirando para el interlocutor, sentado de perfil—. Tiene la garganta en mal estado. Habría que ver qué le metieron por el gaznate —dijo por lo bajo, sin que nadie se lo pregunte.
—¿Qué le metieron? ¿Se lo puede preguntar?
—Me lo dice por telekinesis —contestó el gurrumín.
—¿Será por ventrilocuismo?
—Las ventosidades son por cuenta de él, yo no hice nada —se justificó.
—¿Es el Gumersindo quien habla o es usted? —le pregunté al que parecía muñeco.
—El Gumersindo está endrogado. Me dice que la vida es un blister de Ribotril. ¿Me trae un vaso de agua?
—¿Para usted?
—¿Y para qué quiero tomar Ribotril? No me aqueja nadie / ni nada me acongoja / soy gaucho de pampa ajena / me gusta montar a pelo / ando de marzo a otubre / de diciembre hasta febrero / y los demás meses me muevo / con el sulky o la carreta / a veces me cuelgo el cuero / otras el poncho me abriga / las más me protege el agua / aunque viva entre los yuyos.
En el bar La Pampa Oriental, todos se quedaron en silencio, hasta el guitarrista florido y la alternadora del diente de oro.
—Poema que, conjeturo, es de Gumersindo —dijo el interlocutor.
—¡Qué va a ser de Gumersindo, oiga! Es un analfabeto de tiempos antiguos, de esos que ni la firma se saben. El poema es de Amaranta Peñaloza, la novia que supo ser de mi hermano.
—Habla enrevesado —le dije.
—No se crea. Mi hermano es de los nuestros. Él habla castellano, a pesar de éste —señaló a Gumersindo.
—¿Me va a decir qué le pasó, Gutiérrez?
—Ojalá. Pero no puede hablar, obvio. Le metieron algo en el gañote y le arruinaron la voz.
—¿Y usted? ¿No me dijo que usted iba a decírmelo?
—¡Está imposible, usted! ¿Por qué tengo que decirle qué me pasó?
—A usted no. ¡A él!
—Ya le dije. Le metieron algo. No tengo más datos. Tal vez quisieron sacarle una muestra de la panza de adentro, ¿vio?
—¿Y todo esto por lo de los puentes?
—Entendió todo para el lado de los tomates, Don. Él no hizo los puentes. Lo hicieron los que le dejaron la garganta a la miseria. Y encima le echaron la culpa los ingenieros. Pero él, a los puentes, se los encontró. Lo jura.
—¿Cómo dice que pasó?
—Lo de siempre. Iba con el zaino o el orejudo buscando ovejas guachas después de la tormenta. Se usa el zaino por las dudas, claro. Pero el orejudo...
—Ahorrémonos eso, vamos a lo de los puentes.
—Bueno, pasa que si después no entiende por qué fue con el zaino, no se enoje conmigo. Yo se lo quise decir.
—Dele nomás.
—Encontró un puente en medio de la pampa. Eso.
—¿Lo encontró ya hecho?
—Si lo hubiera hecho él no lo hubiera encontrado. ¿Me toma por tarado? Soy pequeño pero no tan idiota, mire. ¿Me deja hablar? El hombre —se acomodó como quien estriba— se encontró con el puente y un montoncito de pescados muertos abajo. Muertos, me dijo él, pero parece que no tanto. Y miró más para el Sur y vio otro puente, para el Norte había otro. Se paró en la montura del flete y vio que había varios más allá, lejos. Se pegó un susto flor y truco, Don. Imagínese que dos días atrás había pasado buscando un toro prófugo y no había nada. Esas cosas no pasan, ¿se imagina? Lo que le preocupaba, según me dijo, es que los puentes no unían nada, no saltaban un charco. Todo estaba tan seco que empezó a maliciarse algo malo. Yo hubiera hecho lo mismo, en su lugar.
—¿Usted no había ido con él?
—Soy su hijo, no su sombra. ¿Cómo quiere que sepa? Esto sucedió antes, mucho antes.
—Ahora sí que no te entiendo, muñeco.
—¡Más respeto! Y sea más imaginativo, por favor. Tendría que ser obligatorio que un escritor sea imaginativo y no repita cosas de otros. ¡Muñeco! ¿Sabe cuántas veces me lo han dicho?
—Es una manera de decir. No quise ofenderle, discúlpeme.
—Disculpado. Pero si sigue así el cuento nos supera, vea.
—Siga, siga. Por favor.
—El Gumersindo estaba ahí, mirando, cuando vino el que se llamaba Ingeniero Oalgoasí y le recriminó que por qué había hecho esos puentes, que no eran de su autoridad. Él no había ordenado tantos puentes para pasar la pampa.
—¿Y ahí le metieron eso en la garganta?
—No. Los que le metieron la cosa esa son los que hicieron los puentes, parece. Por lo menos, eso es lo que dice él —señaló al Gumersindo—. Lo corrieron después de que el Ingeniero Oalgoasí se fuera a buscar a un juez. Ahí nomás, para que no se le perdieran los animalitos, le hicieron la inspección de garganta, pero para mí que le mandaron un tubo hasta el otro lado ¿me explico? Y él —señaló al Gumersindo— se resintió. No es para menos. Ni siquiera le pidieron permiso. Un atentado, si me permite que le de mi opinión.
—¿Y le dijeron para dónde apuntaban los puentes?
—Cree que sí, pero se lo dijeron en una lengua pampa, parece, aunque él no la conoce. El viejo es un inculto y solo sabe de morderse la lengua o a lo sumo hervir una lengua de vaca para comérsela. Así que los otros se gastaron en dejarle el mensaje pero el Gumersindo, nada.
—¿Quiere decir que hice todo el viaje hasta acá para nada?
—Bueno, hombre, tampoco es la muerte. Lo que se dice nada nada, no. Mire esa mujer cantando un tango —señaló a la que se había callado antes.
—En primer lugar ¿quién le dijo que soy hombre? Me cuidé de no decirle nada. Y en segundo lugar ¿miró en el estómago del Gumersindo? Tal vez para eso le metieron el caño. No van a hacer todo el asunto de enchufárselo así, para hacerlo sufrir. Para mí, que quiere que le diga, se lo dejaron en la tripa —dijo el interlocutor apurado.
—¿Eso dice? Habrá que averiguarlo.
El Gumersindo se puso blanco y empezó a murmullar algo, cada vez más desesperado. Como no podía sacarse al Gutiérrez de la pierna, empezó a corcovear como el orejudo en sus días de potro. Pero por más que hacía no lo lograba. La gente aplaudía al pequeño que soportó al bravío Gumersindo y, llegado el momento, lo abarajaron y alzaron al corcel llevándolo, a pesar de sus sordos gritos, al estaño. El dueño del bar le abrió de un tajo la panza y encontró en la tripa gorda de Gumersindo un mapa detallado de los puentes. Maravillados, todos miraron al interlocutor, pero ya se había hecho repelús. El Gumersindo pataleó un poco, se calmó, lo cosieron y le pusieron la voz de la guitarrista. Por suerte, tomó todo con humor. Lo primero que dijo fue:
—Ahora manden a llamar al Ingeniero Oalgoasí —aunque lo dijo con voz demasiado sensual para ser el Gumersindo, lo importante es que ahora le creerían al gaucho y sabrían todo para qué eran esos puentes.
Cuando llegó el Ingeniero se quedaron todos de una pieza cuando leyó el mensaje como si fuera escrito para él. El hombre, con acento grave y esdrújulo alternadamente, dijo:
—Los puentes están en otro lado, unen los puntos que no son con las rutas que no llevan a parte alguna, o bien el lugar al que llevan es como el río que vadean: hoy están, mañana serán mar. O sea —concluyó el Ingeniero Oalgoasí— son puentes que tienen una misión. Sobrevolar el aire que los sostiene.
Con esta frase, hasta Gutiérrez se quedó sin palabras. Fue el momento exacto que esperaba un tapado acodado al estaño, que se había apeado de un Falcon del 74, rojo con techo de vinilo hecho jirones y se le acercó al Ingeniero.
—Me dice que otean el aire, los puentes, si no entendí mal.
—Básicamente es eso lo que me dijeron —se defendió el Ingeniero.
—Yo tengo para mí que usted nos oculta algo —dijo con gravedad el tapado—. Por lo poco que vi de esos puentes, diría que son para ayudar al vuelo del pato gordo.
Esta vez, al aire del bar no lo cortaba ni el cuchillo del Celedonio, con eso creo decir casi todo.
—¿Me está acusando de ofrecer al pato gordo una pista, diga?
—No lo digo, lo afirmo —dijo el tapado, pateando con fuerza y levantando de la alpargata diestra polvo de cien caminos.
Lloraban los pastizales, lloraron los retratos. Hasta las latas de durazno lloraron. Este sería el último día del Ingeniero. Nadie había osado jamás abrirle caminos al pato gordo. Todos sabían qué desgracias traería al pueblo. ¿Cómo dejarlo entrar? ¿En qué estaría pensando el Ingeniero?
El pueblo entero se hizo presente en el bar, presintiendo que algo grave sucedería en sus paredes.
El Gumersindo chillaba en voz grave, sin poder modular palabra abrumado por los problemas de la cantante. Fue Gutiérrez quien dio la voz de áura:
—Cómanlo —fue su comando lapidario.
Se repartieron los sesos entre los pocos que se animaron a comerlo: los zombis. De lo demás no quedó ni para el recuerdo. Cuando llegó el pato gordo, avivado del tremendo fin de su cómplice, ni hizo la escala en los puentes; siguió volando, que volando se encuentra la verdad. Aunque sea un pueblo chiquito y pobre: “La verdad, no sé si sé”, estación de tren de socrático apellido. Llegó flaco ahí el pato gordo, pero fue bien recibido.

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