lunes, 22 de julio de 2013

Palermo Viejo - Mario Farber


Pedro deambula por las calles de Palermo. Acostumbra hacerlo cuando se le presenta un problema, y lo hace convencido de que caminar ayuda a pensar. Tiene que tomar una decisión y es de las más difíciles que le han tocado en la vida.
De pronto se detiene a mirar a un abuelo que arroja al aire a su nieto y lo agarra inmediatamente. El chico ríe a carcajadas. Pedro se conmueve viendo disfrutar al anciano y no sigue su camino hasta que el viejo toma a la criatura en brazos y se va. Después de dar algunas vueltas aspirando el verde del Jardín Japonés, toma la avenida Sarmiento. Un taxi tras otro marcha hacia plaza Italia. Uno de los taxistas disminuye la velocidad y mira a Pedro como a un potencial pasajero mientras le señala el cartel encendido de “Libre”. Pero el viento suave de septiembre es lo suficientemente persuasivo como para hacer que Pedro siga caminando. “Total, no tengo ningún apuro en llegar”, piensa. La verdad es que no tiene ganas de llegar adonde va. Delante de él, y con el mismo paso lento, camina una pareja tomada de la mano. El muchacho, con pantalón gris y saco azul, y la chica, con camisa blanca y pollera tableada azul. Están disfrutando juntos de un adelanto del Día del Estudiante en lugar de aburrirse en clase, y por separado.
Llega a plaza Italia y cruza la avenida Santa Fe. Si esta mañana quiere olvidarse de algunas cosas, el cartel que indica el nombre de la calle Thames no se lo permite. Sobre Thames su padre había tenido un taller de confecciones. El olor de las piezas de género lo sigue por la avenida Santa Fe hasta que dobla en la primera esquina. Esta calle ahora se llama Jorge Luis Borges. Baja diez cuadras, sin contarlas, para encontrarse con Julio Cortázar, una plaza tan rejuvenecida como la gente que pasea por ahí. Los restaurantes que rodean la placita y que ahora están de última moda eran casas tipo chorizo donde funcionaban talleres de confección. En uno de esos talleres trabajaba Eva. Pedro se ve a sí mismo cuando era adolescente cruzando la vieja placita con una caja de botones en la mano. Le lleva el paquete a Eva por pedido de su padre. Aquella mujer había dejado una marca indeleble en su vida. Aunque ella lo duplicaba en edad se convirtió primero en su amiga, después en confidente y por último en su primera amante. Pedro cruza la plaza llena de recuerdos y la calle Borges vuelve a ser Serrano, como había sido siempre, como había sido antes de que Pedro abandonara el barrio y la ciudad. 
Después de caminar tres cuadras por Serrano, llega a donde iba. Se lo indica un enorme cartel con la palabra Serranía sobre el edificio, que no existía cuando era un adolescente. Toca el único botón del portero eléctrico y una mujer rubia, alta y muy bien vestida abre la puerta.
—Soy Alicia, mucho gusto —dice la elegante mujer.
—El gusto es mío —replica Pedro extendiendo su mano.
Aunque ya habían hablado por teléfono, en este momento se encuentran personalmente por primera vez. Como ella está acostumbrada a mostrar las comodidades del edificio a los familiares de los potenciales huéspedes, sabe que es mejor empezar por los pisos de arriba. Allí están alojados los residentes con mejor estado de salud, sobre todo los que tienen autonomía. Como Alicia quiere que la primera impresión sea la mejor, lleva a Pedro al salón de entretenimientos. Ahí hay una docena de mesas, todas ocupadas. Dos mujeres comparten una de ellas pero el resto tiene un solo ocupante. Pedro mira y asiente con la cabeza mientras trata de sondear en sí mismo por qué un grupo de ancianos en un salón le produce una sensación opuesta a la que le había producido el anciano al que vio en Palermo con su nieto hacia unos minutos. Alicia, intuyendo una vacilación de Pedro, se apura en comentar que por las noches este mismo salón se colma de gente jugando al bingo. Cruza el pasillo indicando el camino y abre la puerta de otro salón, esta vez lleno de aparatos: bicicletas fijas, cintas para correr y colchonetas en el piso. Las paredes tienen espejos y en uno de los rincones cuelga un televisor. La mujer se esmera en mostrar lo nuevos que son los aparatos y dar detalles de su funcionamiento, pero Pedro la interrumpe con una pregunta.
—¿Por qué no hay nadie en el gimnasio?
—Es que a la mayoría le gusta dormir hasta tarde —explica ella mostrando el camino al ascensor. A Pedro no le resulta convincente que ella justifique la ausencia total de personas entrenando por lo temprano de la hora; los ancianos no duermen demasiado. Pero Alicia no parece registrar el desliz y sigue con su rutina—. Este es el área de descanso —indica cuando llegan a otro piso—. Hay uno solo dormitorio disponible —aclara mientras abre la puerta que está en el fondo del pasillo. Es una habitación preparada para recibir familiares de potenciales residentes. La mujer entra con confianza al lugar donde ella misma se encargó de los detalles. Sobre la mesita de luz hay un portarretratos con la foto de una pareja joven, la mujer sostiene a un bebé en sus brazos. Parecen ser los hijos de quien fuera huésped de esa habitación. Al lado de la foto hay un libro y anteojos de lectura. Pedro toma el libro y lee en voz alta:
—Cómo vivir mejor, de Claudio María Domínguez —y agrega con tono reflexivo—: parece que alguien vive en este cuarto. Alicia le contesta solamente con una sonrisa, pero ella sabe muy bien la mala impresión que causa una habitación sin vida. Justamente por eso decora así los cuartos vacíos.
El ascensor los lleva a la realidad de la planta baja, cuanto más cerca de la salida a la calle más real. Allí no hay gimnasio sino una sala de terapia intensiva que Alicia nombra con un eufemismo: “de cuidados intensivos”. Por el estado del paciente que va a traer Pedro, se ve obligada a mostrar ese lugar pero no quiere hacerlo por respeto a quienes lo ocupan. Se adelanta unos pasos, abre apenas la puerta y mete la cabeza para espiar que pasa ahí. Por suerte, piensa, están todos durmiendo. Invita a Pedro a seguirla mientras se lleva el dedo índice a los labios.
En una de las camas un hombre de cara alargada duerme apaciblemente. Cuando Alicia llegó al trabajo, la enfermera le informó que ese paciente, otra vez, había pasado la noche pidiendo plata a los gritos. Cree que la familia lo abandonó en la indigencia. La enfermera le había dado un billete de dos pesos, él lo dobló prolijamente, lo escondió en el forro de la almohada y se calmó. Esta hilera de camas está separada de otra por una cortina celeste. Del otro lado de la cortina hay varias camas vacías, pero una sola está deshecha. Esa cama es la de una señora de ochenta años que había llegado del Hospital Italiano, tras una fallida operación de cadera. Nunca más pudo caminar, ni siquiera sentarse. Al estar acostada todo el tiempo corre el riesgo de producir escaras en la espalda. Todo el personal de cuidados intensivos sabe lo delicado del caso.
Pedro sigue a Alicia, que sale disparada de la sala como si se hubiera olvidado de él. En la habitación contigua encuentran a la señora en una camilla reprimiendo el dolor, mordiéndose los labios. Dándole la espalda a la sufrida anciana, la médica de guardia le está mostrando a una enfermera unas botas de cuero que acaba de comprar. Alicia clava la mirada en la joven médica, que como respuesta se encoge de hombros.
—Ya no hay nada que podamos hacer —le susurra—. Estamos esperando la ambulancia que la va a llevar al Italiano, de donde seguramente no va a volver. Hizo una septicemia —concluye secamente la doctora.
—¿No había que rotar todo el tiempo el cuerpo de esta señora? —Alicia respira hondo después de hacer la pregunta.
—Sí, pero yo no puedo estar aquí todo el tiempo —rebate la médica todavía con una bota en la mano. Alicia no le responde, da media vuelta y sale del lugar escoltada por Pedro, quien la sigue hasta su oficina. Se sientan uno de cada lado del escritorio, sobre el que hay solamente un papel: el formulario de admisión.


La ambulancia avanza por Serrano hasta rodear la plaza Julio Cortázar para tomar Thames. A los jóvenes que están almorzando en los reciclados restaurantes de moda les inquieta por un segundo la sirena. Ese sonido no sorprende a nadie en la avenida Corrientes y menos en Pringles donde doblan todos los que van al Hospital Italiano.
—¿Vendrá por mí? —se pregunta un hombre sentado en su cama, mientras mira por la ventana como dos enfermeros trasladan la camilla recién llegada.
Una enfermera interrumpe esos interrogantes al entrar con la bandeja del almuerzo. Le acerca una cuchara a la boca, pero el paciente la rechaza con gemidos y usando la mano izquierda, la única que puede mover. Había estado unos minutos dentro de una niebla, durmió por veinte días y solamente una mitad de él despertó. No puede hablar pero entiende y recuerda todo. Se siente prisionero dentro de un cuerpo que no responde más a sus órdenes. Apenas puede manotear la cuchara para demostrar que todavía puede comer solo. Quiere irse a su casa, pero nadie lo escucha porque no le salen las palabras enteras, solo sílabas sueltas. Piensa que en su casa, entre sus cosa, va a poder hilvanarlas mejor. “¿Dónde está mi hijo?” Se pregunta mientras le chorrea sopa de la boca al mentón y le arranca la servilleta a la enfermera. “Si en lugar de llevarme a mi casa me lleva a otro lado, dejo de comer para siempre”. Piensa, afligido, por no poder habérselo dicho a Pedro… por no poder hablar. 

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