martes, 24 de julio de 2012

El bandoneón – Héctor Ranea


Ergesto Limabue se preparaba para salir al teatro. Esta noche la obra sería “El bandoneón” de Miró Hernando, una dramaturga excepcional que, además, era su amiga sempiterna. Mientras se pulía las uñas, Ergesto miraba que sus zapatos estuvieran decentes e imaginaba qué corbata se pondría al terminar la tarea. En ese momento, sonó el celular con un mensaje de su tía Clovis: “murió Helgio”, decía lacónicamente. Helgio había sido el primer marido de la prima Esías, hija de Clovis y no había muerto de muerte natural o, para decirlo menos amablemente, lo habían matado de dos tiros en la nuca. O para decirlo claramente: lo habían ejecutado los mafiosos. Helgio era conocido en el mundillo de los actores por revender droga de esa que ahora se llama recreativa. Pero algo, además de eso, había hecho mal. O para decirlo directamente: en alguna forma, la cagó. Un mensaje de texto era lo peor para Ergesto, sobre todo en casos como estos. ¿Qué podría contestar? ¿Qué debería escribir? ¿Dónde lo velarían? ¿Tendría que ir? Por otra parte, hablar por teléfono, con el tiempo justo que tenía para llegar al teatro y encontrarse con Miró, era imposible. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó. Pensó: “mejor le digo mañana que había apagado el celular”. Después de todo, ése era el riesgo de enviar estos mensajes, confirmó. Dió media vuelta, sin apagar el celu y se dispuso a ponerse la corbata con botellas de Chianti. Craso error. Sonó el celular de nuevo. Mensaje de texto: “mataron a Helgio. Tía Clovis”. Estaba subiendo el tono. Desde que murió mamá Nendia, Clovis se tomó en serio lo de madre sustituta. Pero ya no era niño, ni mucho menos. El mensaje era perentorio; la escalada en el tono revelaba que ella misma estaba más angustiada por algo que no podía decir que por el mensaje que transmitía. Sólo si lograra desprenderse de ella en cinco minutos, le hablaría. Pero no. Apagó el celular, terminó de ajustar el nudo de la corbata y salió de la casa poniéndose el sombrero al tono con el sobretodo. En el auto, recordó el tiempo feliz con Helgio. Habían sido amigos toda la infancia. De hecho, era el único testigo de algunas cosas que sólo él recordaba de su infancia y, de no ser por él, las hubiera considerado pura imaginación retrospectiva. Ahora no podría hacer nada. Se preguntó: “¿por qué habrá Helgio elegido semejante modo de vida?” En el viaje de ida, que le pareció inusualmente largo, tuvo tiempo de revisar un poco esa última pregunta. El auto parecía viajar en subida todo el tiempo, pero eso le dio la oportunidad para descubrir que entre los dos hubo una fisura el día que Ergesto viajó fuera del país, del otro lado del mar. A partir de entonces las noticias sobre Helgio fueron haciéndose más raras, menos claras, mucho más confusas que de costumbre, hasta que llegó la certeza con la del casamiento con Esías. Por supuesto que sabía que él quería a Esías desde niños. Alguna vez llegó a sospechar que su amistad era una fachada para poder estar con ella sin despertar sospechas. “¡Qué largo es el camino al teatro!”, pensó Ergesto. Vió que había equivocado una calle, dio vuelta a la manzana y ya el teatro estaba cerca, miró la hora. Había tiempo. Al volver la vista al camino, se atravesó una persona a la que casi atropella y que lo puteó enojadísima. Trató de disculparse, más menuda sorpresa se llevó al darse cuenta de que el teatro ahora aparecía lejano. Decidió, de todas formas, estacionarse ahí para caminar. En un fugaz instante, la figura de Helgio le obnubiló al hacer las maniobras y estuvo a punto de chocar al auto de atrás, que se había acercado sin que él lo percibiera. Mientras, aunque él no lo viera, el teatro ya se había acercado. De hecho, estaba estacionando frente a él. Se acercó uno de la seguridad: —Míster. Acá no puede, le digo por tercera vez —casi amenazó. —¿No me reconoce, Aza? —contestó jovialmente Ergesto. —Perdón, señor Limabue —se ruborizó Aza—. Lo vi tan flaco... disculpe. —¿Flaco? —dijo Ergesto sin esperar respuesta, pero pensó lo que le había costado ponerse el pantalón. Se lo diría a Miró. —¡Querido Ergie! —dijo Miró casi sin mirarlo o, para decirlo mejor, mirando para otro lado—. Te esperamos hasta que pudimos, pero ya comenzamos. Lo siento. Ergesto miró el reloj. Nada tenía sentido. —Mataron a un pariente. —¡Oh! ¿Era muy querido? —se apiadó Miró y dulcemente le acarició el rostro. —En un tiempo... —comenzó a decir, pero ya Miró estaba hablando con el jefe de máquinas por no sé qué aparato que estaba echando humo como si ya estuviera funcionando. —¡C'est pas possible! ¿Dejá? —se desesperó Miró—. Pas question! Se volvió a Ergesto a quien en ese movimiento se le dio vuelta la cabeza mientras seguía mirando la obra. —¿Señor Limabue? Lo llaman por teléfono —oyó en el fondo de la habitación iluminada a día. Era Aza, que le acercaba su celular. Miró el número: Esías. —¡Hola, Ergesto? —clamó la voz—. Hace horas que trato de ubicarte. Murió mamá. —¿Cómo mamá? ¡Mamá está muerta desde hace cinco años! —¡Mi mamá, pelotudo! —la voz parecía patear desde adentro del aparatito. —Perdón, es que estaba desmayado. Murió después de pasarme la noticia de Helgio. —¿Como Helgio? ¿También murió Helgio? ¡Puta madre! —lloró Esías. —Calmate, Esías. Me llegó un mensaje de tu vieja. Dos mensajes. —¿De cuándo son? —No sé... de esta noche. —Imposible, ¡loco de mierda!. Murió ayer, mi vieja. Ergesto Limabue se quedó mirando cómo las paredes de la habitación se alejaban. Pensó rápido. —Entonces alguien le usa el celular, Esías. —¿Celular? ¡Pará un poco! ¡Si ella no tiene celular! ¿Vos no habrás vuelto a drogarte, hijo de puta! —Nunca me drogué. ¿De qué carajo estás hablando? —¡Vamos, Helgio! —¿Cómo Helgio, qué tomaste? —contestó airado Ergesio. Mientras él hablaba con su prima, Miró entró en la sala, blanca de tan pálida. Se la notaba en un estado mixto. Angustiada por él, pero contenta con el éxito de su obra. —¡Mi querido Ergesio! —se abalanzó sobre él. —¡Por favor, Miró, decíselo a Esías! —dijo él, pasándole el teléfono. —Aló. ¿Esías? Miró te habla. —Miró. Murió mamá. —¡Oh, lo siento tanto, querida! ¿Cuándo fue? —Hace unos minutos. Se fue. Tuvo una crisis. No pudo llamar a nadie. Y eso que usaba bien su celular. Ergesio escuchó todo eso e indignado le gritó —¡Bruja, me acabás de decir todo lo contrario! ¿A qué estás jugando, loca! —¿Qué decís, drogón! Miró no podía creer cómo estaba poniéndose Ergesio. Se había inflado, rojo. Después de haber pasado por una flacura extrema. Mientras los primos seguían discutiendo, reflexionó. Pensó en el jefe de máquinas del teatro y saltó a su celular, lo llamó —Manuel, por favor apaga la máquina del bandoneón. ¡Apágala! —gritó. Pero llegó tarde, Ergesio, convertido en un fideo, desapareció como una sonrisa.

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