domingo, 22 de julio de 2012

Los faros hermanos - Héctor Ranea


Tres soldados conscriptos hacen guardia en el faro de Cabo Vírgenes. Vigilan que funcione, ponen en hora los relojes. Gervasio, además, marca las mareas por cuenta suya. El gauchito Villa es correntino, tiene una novia en Río Gallegos, es de Mar del Plata. Fernando es cabo. Él dice que viene del Sur, pero ya no hay más Sur que ése, a menos que sea chileno. Claro. Viene de Tohuil, Tierra del Fuego. Está castigado y tiene que llevar la bitácora, porque el Jeep que llega de Güer Aike con las provisiones, las deja contra entrega del cuaderno y el lápiz.
Los tres soldados, cuando se quedan sin trabajo, que es casi siempre, miran el faro de Punta Dungeness y la guarnición que allí mantienen los chilenos. A veces los invitan a comer un asadito, otras veces ellos los invitan pero para matear.
El viento no se sabe de dónde llega. El medidor dirá del Sur, pero en la superficie un desprevenido diría que llega de cualquier lado. No se ven los vientos, diría Gervasio. Es cierto, porque la playa es de cantos rodados. El viento no levanta cantos rodados.
Y está, claro, el mar. Gigante, negro grisáceo, azul como las plumas negras de las gaviotas caceroleras. Lleno de olas, no ondulado. Las olas llegan de cualquier lado, como el viento, y en el arrastre de los cantos rodados, en eso coinciden los chilenos, suenan a monedas de oro arrastradas dentro de bolsas de cota de malla.
Aparte de los chilenos está el hombre del puma. Le dicen Chul porque así dice llamarse. Habla poco y en una lengua resbaladiza. Fernando cree que es alemán porque se crió en Villa Belgrano y ahí está lleno de alemanes, dice convencido porque nadie le cree.
De los chilenos, Karrill es el más amable y el que mejor prepara el asadito. Sabe, y le enseñó a Gervasio, cómo encontrar los mejores mejillones. Cuando hacen el curanto en olla, los argentinos casi corren hacia el puesto, a menos que vean las banderitas en los autos y descubran que están los oficiales almorzando.
Chul dice que nunca tuvo un puma, pero el gauchito Villa asegura que su choza está hecha de dos tercios de tela encerada y un tercio con piel de puma. Xul, claro, busca oro. Él dice que el oro de los náufragos del Sancti Spiritu, un navío español que zarpó, dice él, de Puerto Hambre en mayo de 1665 y pretendían llegar a las colonias de Santa Cruz pero nunca llegó. Traía oro de la Capitanía de Valdivia que nunca llegó a ningún lado. Villa, como hombre de mar, decía que tal vez el Capitán del SS se las tomó para África o para la Australia. Pero Chul decía que había que estar loco, que al cruzar el estrecho se había abierto una vía con los conchales de la zona y no pudo navegar. Que seguro que el capitán murió y entonces nadie sabía leer las cartas o en las cartas no tendría cómo indicar el camino por tierra.
Chul había recorrido hasta Potrok Aike, muchas leguas al Norte. Y si bien encontró telas antiguas, sogas de esparto quemado y algunas evidencias de que caminaron en dirección al territorio, no podía decir que no hubieran vuelto. Ciertamente, algunos huesos de chulengos quemados, conchas de cholgas y quemaderos de leña, avisaban que algo terrible había sucedido ahí. Pero nada se podía concluir con el tema del oro.
Los chilenos eran menos ilusos. No creían en el oro y mucho menos que el Chul estuviera en su sano juicio. Por suerte tenían pisco y guitarras y, a veces, los mates argentinos. Todo estaba bien hasta que llegaban las banderitas. Ahí empezaba de nuevo la moserga del enemigo argentino o del vil chileno o de los extranjeros que quieren que nuestra bandera sea un trapo rojo. Los soldados reían. En eso tenían algo en común las banderitas, decían siempre que había banderas rojas acechando, y de los dos lados.
Así que Gervasio hablaba con Chul, Karrill también lo invitaba al alemán a comer cuando tenían con qué y Fernando trataba de escribir la bitácora con el lápiz poco apretado, para poder seguir sus cuentos en el cuaderno que le robó en Gallegos cuando lo trasladaban para el Cabo. Así no sospechaban en el regimiento que usaba el lápiz para otra cosa.
Llevaba escrito el cuaderno casi completo cuando empezó a ponerse jodida la cosa. Los banderitas venían demasiado seguido, pedían demasiadas cosas, apenas si tomaban un mate y miraban con largavistas al otro faro. Los hicieron tender un alambrado de siete hilos con alambre de púa por varios kilómetros, siguiendo por la costa el pretendido límite, continuando por él hasta pasar la barda, y luego meterse a campo traviesa hasta alcanzar el camino de acceso, donde vinieron con un camión a poner un guardaganado especial.
Se suponía que en todo ese perímetro, si veían evolucionar al enemigo, lo tenían que informar, abrir fuego y mantener la posición. Naturalmente, esto vino acompañado de la construcción de un galpón y la llegada de siete soldados más y un oficial. Ahí se pudrió todo.
El alemán se alejó, aunque a veces se veía su silueta por la barda, cazando piche o mara con su escopeta del siglo de ñaupa.
Se terminaron los asados.
El oficial dormía en un catre con matras. El resto en camastros. Los tres del faro siguieron su rutina en lo posible.
Una tarde de mayo, Gervasio se quedó dormido y al levantarse salió corriendo para no perder la costa de la bajamar, pero al pasar delante del oficial Gurruchuga no lo saludó. Al volver de la costa, Gurruchuga lo estaba esperando con dos de los soldados recién llegados. Le abrió ahí nomás una corte marcial y lo condenó a 24 horas de estaca pampa. Lo ataron con lonjas húmedas a cuatro estacas que estaban ya clavadas en el piso, esperándolo, le pusieron una capa engrasada y ahí estuvo, sobre los cantos rodados, con el abrigo que había salido.
Para la noche, el soldado que lo custodiaba tenía congelado el meñique de la mano izquierda, Gervasio estaba muerto.
Fernando y el gauchito se juramentaron matar al oficial, pero tenían que hacerlo de modo tal que no se les vinieran todos en contra. La pensaron bien. Lo llevaron al Gurruchuga a recolectar cholgas e hicieron que se metiera por las grietas profundas del lecho y como quien no quiere la cosa se fueron hacia la costa cuando la marea comenzó a subir. El oficial se enganchó la pierna en una grieta al tratar de correr ante los gritos de alarma de los conscriptos y el mar lo tapó. Justicia poética, porque si ellos sabían eso del mar fue por Gervasio, muerto de frío.
Pero la cosa no terminó ahí, porque el cabo tuvo que reportar la muerte del oficial, que en el cuartel de Gallegos interpretaron, por esas cosas de la radio en malas condiciones, que había sido culpa de una maniobra chilena (las cholgas chilenas tiene la culpa, parece, convenientemente deformada por la radio) y enviaron un avión que descargó unas bombas en el puesto enemigo. Claramente, al zarpar el avión de Gallegos, en Punta Arenas detectaron movimiento y enviaron sus aviones a reacción, que llegaron unos minutos después del desastre que provocó el Morane Sournier en la zona y sus aviones completaron la faena destruyendo el faro argentino.
Punta Dungeness y Cabo Vírgenes quedaron a ciegas, sin faros y sin guarnición ni galpón. Dos muertos, uno por bando y las radios destruidas, sin antenas, sin energía. Lo bueno fue que el alambrado desapareció y pudo volver el alemán.
Karrill no era el muerto así que pudo cocinar algo de curanto en olla con las cosas del lugar. Después cazarían un cordero, merino para más datos, y con eso tiraron un tiempo interesante. Mientras, todos miraban de noche, enmarcados en los fuegos de venteo de gas de Cerro Redondo, los bombardeos a las ciudades argentinas y chilenas que estaban cerca, a las estancias con depósitos de combustible y otras cuestiones que desde ahí no se entendía. Parecía que la muerte de Gurruchuga había provocado la guerra, pero en realidad la guerra ya estaba desde antes, sólo que a los soldados no se los había informado.
Mejor así, distendidos, tomando lo que quedaba de mate, los argentinos invitaban a los chilenos a matear y los chilenos a las comilonas. Entre todos reconstruyeron parte de los faros. Para cuando desenterraron los equipos de radio y pudieron poner en marcha los equipos electrógenos, ya nadie les respondía, ni Gallegos a los argentinos, ni Punta Arenas a los chilenos.
Chul encontró oro. En la zona de los huesos de los hambreados aparecieron unos cuantos cadáveres de marinos, algunos chilenos, algunos argentinos y hasta un inglés. Algunos tenían dientes de oro.

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Héctor Ranea

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