domingo, 22 de julio de 2012

Vuelos - Sergio Gaut vel Hartman


Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol, plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó. 
La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo paraliza.
Pero algo tenía que hacer para no hundirme por completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques, negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable, suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada, ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…
Así que renuncié a los paseos para quedarme las mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco, sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero vacío.


El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un territorio inhóspito que nadie atravesaba.
¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera esperando.
Septiembre no fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año. Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar, perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.
De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva. 
No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano, acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, aquellos chicos giraban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Durante todo el tiempo que duraba la actuación, Jorge y yo permanecíamos tomados de la mano, angustiados, con el corazón en la boca, mientras imaginábamos una historia de amor signada por privaciones y desencuentros, vida de artistas trashumantes, dijimos. Íbamos a verlos todas las noches de aquel, nuestro último verano en la playa, aunque en ese momento no supiéramos que la muerte nos acechaba, gestando el obsequio que nos entregaría tras muchos meses de sufrimiento. Íbamos a presenciar ese espectáculo porque ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos casi cincuenta años destejidos de la trama del tiempo. Díganme masoquista, si lo desean, y lo aceptaré sin enojo. Quería volver a verlos y así recuperar un fragmento del pasado vivido junto a Jorge.
Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime música de Mahler? ¡Hay tantas playas!
Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido. Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que se disuelven en la noche.
Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final no se demorara demasiado.
Tardé un momento en advertir que, a unos metros de donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.
—La estaba esperando —dijo.
—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.
—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?
Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

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