martes, 31 de julio de 2012

Impenetrable - Sergio Gaut vel Hartman


Mal día para Ramón. Lo que no venía torcido de fábrica se torcía cuando él lo tocaba. A la mañana había sido una llamada de Juancito, su asistente, que le informó que la reunión de la comisión se haría a la cuatro, justo a la hora en que él se iba a encontrar con Fregues para cerrar el negocio de los puestos de artesanos en la plaza. Al mediodía fue su ex mujer, Lydia, reclamando como loca la plata de la mensualidad. Y ahora esto: la cuatro por cuatro que se negaba a arrancar. Todo estaba saliendo mal, sin duda. Llamó al auxilio, porque él no quería meter las manos y ensuciarse sin la certeza de que sabría arreglar el desperfecto, y supo que tendría que esperar una buena media hora, seguramente hasta que los vagos terminaran la ronda de mate que acababan de empezar.
Ramón Chamorro, pequeño agricultor devenido concejal por obra y gracia de las manos amigas que sabían que él devolvía los favores recibidos, empezó a impacientarse. Se sentía acosado por un malestar indefinible, como si de pronto hubiera comprendido que el puesto, que tan generosamente le habían regalado para que él fuera funcional a sus patrones, le quedaba grande. Era un hombre que se había hecho trabajando duramente y que gracias a eso pudo sostener a su familia, darse ciertos lujos… Pero en algún momento quiso más. Observó a su alrededor y comprobó que muchos de sus amigos “habían pegado buena”, sin preocuparse demasiado si en el camino se ganaban algunos raspones y menos todavía si eran los otros los que quedaban lastimados o heridos. No soy un idiota, pensó en aquel momento Ramón, tengo que hacer algo por mí. Por entonces las cosas empezaron a estropearse con Lydia y luego de la separación descubrió un mundo nuevo, la libertad de conocer mujeres, ir a fiestas, viajar. Pero todo eso cuesta dinero, mucho dinero.
El auxilio demoró una buena hora y media. Cuando llegó la chata destartalada de Galíndez y el mecánico bajó sin apuro, seguido por su ayudante, un indio andrajoso y feo, Ramón apretó los puños, y solo la necesidad de que le repararan el vehículo hizo que no empezara a los gritos.
—¿Qué le anda pasando a su camioneta, don Ramón? —dijo Galíndez, sobrándolo, como siempre.
—Está enfermita, Galíndez —replicó este con ironía—. ¿Me la puede curar, doctor?
—Usted siempre tan chistoso —dijo el mecánico. Y sin hacer más comentarios levantó el capó, puso las manos aquí y allá y le dio órdenes a su asistente en voz tan baja que Ramón no tardó en volver a sumirse en sus pensamientos. Sin embargo, algo lo empujaba en dirección al indio. Calculó que tendría unos veinte años, tal vez poco más, pero parecía un hombre de cincuenta, gastado y enfermo. Lo que no te mata te hace fuerte, pensó Ramón en algún momento, y se arrepintió de inmediato. Por uno de esos que llegaba a la edad adulta, docenas se morían como moscas. ¿Y a mí qué me importa? Yo no puedo resolver los problemas de esta gente. Eso es asunto de los de arriba…
—Don Ramón. —Galíndez interrumpió el flujo de pensamientos del concejal—. No es grave. Se estropeó el inyector electrónico de combustible. Ya está. Son quinientos pesos.
—¿Quinientos pesos por arreglar un inyector? —Ramón silbó—. ¿Lo cambiaste? ¿De dónde sacaste otro?
—Llevo en la chata los repuestos necesarios, don Ramón. —El mecánico parecía divertido por la situación.
Uno puede manejar a la gente como si fueran muñecos de miga de pan, pensó Ramón, pero a los mecánicos no, a los mecánicos, definitivamente, no. Y todo porque él no había sabido arreglar el desperfecto… Seguía siendo un mal día.
Galíndez agarró la plata y le hizo una seña con la cabeza a su ayudante. El indio, por un instante, miró a Ramón, y en esa mirada hubo algo filoso que al concejal no le pasó inadvertido.
Corajudo el indiecito, reflexionó mientras veía alejarse la chata. Me miró los ojos, como si no hubiera ninguna distancia entre nosotros. Alejó esa idea. No quería pensar en esa gente. El Impenetrable está lleno de asentamientos en los que vivían indios como el ayudante de Galíndez. Pero él no podía hacer nada. Si tratara de hacer algo, por ejemplo, los amigos le bajarían el pulgar. ¿Le daban pena? ¿Y qué? Con la pena no vamos a ninguna parte.
Arrancó el vehículo y se dispuso a empezar de una buena vez con las cosas del día.

Pero no mejoró. La reunión se prolongó hasta las seis y tuvo que decirle a Fregues que lo de los artesanos debía postergarse. La bronca del otro fue audible, y le dijo un par de groserías. Él no se quedó atrás y terminaron a los insultos. 
No le fue mejor con Lydia. Estaba hecha una fiera y lo amenazó con dejar todo en manos de un abogado. Y ya se sabe que cuando los abogados se meten con los asuntos de un concejal encuentran lo que no deben. ¿Será posible, se dijo Ramón, que hoy no me salga una bien? 
Detuvo el vehículo en medio de la ruta y trató de pensar. Anochecía. Lo único que podía salvar el día era verla a Fabiana. Un rato con ella tal vez... No lo esperaba, era cierto, pero le daría una sorpresa. Nada de flores o bombones, le caería de improviso y ella estaría encantada.
Un poco más calmo, puso en marcha el motor y enfiló hacia Santa Isabel. Nadie sabía de su asunto con Fabiana, o por lo menos eso creía. Aceleró y antes de que las sombras cayeran sobre el campo estuvo frente a la casa de su amante… para descubrir que alguien se le había adelantado. Reconoció la camioneta de Fregues. ¿Fregues? ¿Así que esa alimaña no solo le arruinaba los negocios sino que además le soplaba las mujeres? Ramón apretó el puño y lo golpeó contra el volante, pero reprimió la fuerza del impacto, se mordió el labio y resopló. ¿Qué estaba pidiendo? ¿Qué Fabiana le fuera “fiel”? Él sabía por qué la había buscado. 
Puso el vehículo en marcha de nuevo y enfiló hacia la ruta. Todo, todo estaba mal. De pronto, sin saber por qué, se le cruzó la imagen del indio, el ayudante de Galíndez que lo había mirado a los ojos. ¿Había sido una mirada de reproche? ¿Qué le estaba reclamando? ¿Qué hiciera algo por sus hermanos del Impenetrable? Hacer algo era lo mismo que nada. Esa gente estaba condenada. Aceleró. La ruta estaba despejada. Igual se morían de dengue, paludismo, chagas, tuberculosis y cuanta peste anduviera suelta. Se iban a extinguir. En una o dos generaciones no quedaría ni uno. ¿Él tenía que sacrificar su posición y arriesgarse a que le dieran una buena patada en el culo para salvarlos? Aceleró más. Encendió la radio. No tenía sentido. Su vida y sus problemas estaban primero. Pero no paraban de acosarlo, de hacerle la sangre vinagre. Lo único que le faltaba era agregar un asunto más a la larga lista. ¡Indios! ¡Qué me importan a mí los indios! Subió el volumen de la radio. A los costados de la ruta, como gigantescos fantasmas oscuros, se alzaban amenazantes los macizos vegetales, el bosque en el que latían esas criaturas desgraciadas por las que nada podía hacer. Y entre los árboles, como si los indios estuvieran celebrando algo, vio el fuego de una hoguera, y muchas siluetas rodeando el fuego. Subió el volumen de la radio una vez más. Quería aturdirse, no pensar. ¿Quién era la que cantaba? Prestó atención a la letra para no pensar en Lydia, en Fregues, en Fabiana, en el mecánico, en los indios.

…cuantos caminos andados, cuanta y ninguna ciudad; mi soledad para qué, alguna noche se fue… Y te amaré...

No me vendría nada mal, pensó Ramón, que alguien me amara, ¿no? A ellos, agregó, como hablando con la selva, a ellos tampoco les vendría nada mal que alguien los amara. Y por primera vez en muchas horas se sintió mucho mejor, como si de alguna manera tortuosa y extraña, hubiera producido un acto noble y positivo, un cambio, una marca, una señal en algún recodo invisible de la realidad. Disminuyó la marcha, bajó el volumen de la radio y se dejó arrullar por el final de la canción.


La chamana dejó caer los brazos a los costados del cuerpo. Había logrado que el mensaje de la canción emitida por la radio de un auto o una camioneta que pasaba velozmente por la ruta penetrara en la mente de su pueblo. Ignoraba si produciría el efecto adecuado —de hecho, ella había empezado a desconfiar del poder de las fuerzas invisibles en tanto y en cuanto jamás se ponían al servicio de su gente—, pero no debía desperdiciar ninguna oportunidad por pequeña que fuera. Aquella voz, prometiendo amor, era bastante más de lo que nunca hubieran obtenido. Ahora empezaría la aventura de hacer contacto con la dueña de la voz. Se puso en marcha. 


No sabía por qué, en realidad no había ninguna razón para pensar eso, pero Ramón sintió, por un momento, que un mal día puede no serlo del todo. Inexplicable, verdaderamente inexplicable. Detuvo el motor y encendió un cigarrillo. La noche le regaló una sabrosa mezcla de aromas, el brillo de la luna y las estrellas tenía una nitidez desacostumbrada y él, por primera vez en mucho tiempo, se sentía bien, increíblemente bien.

Acerca del autor:

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada